Prácticamente magia era un producto propio de finales de los noventa cuyo encanto residía en sus dos actrices protagonistas: unas Sandra Bullock y Nicole Kidman en su momento álgido, encabezando una cinta romántica sobre dos brujas sobre las que pesa una maldición por la que todo hombre del que se enamoren está condenado a morir.
Un entretenimiento ligero que, ahora, más de un cuarto de siglo después, intenta reverdecer viejos laureles basándose en la misma historia. En esta ocasión, la maldición recae sobre una de las dos hijas que, sin conocer el cruel destino de la familia Owens, debe intentar revertir el infausto sino de su perfecto novio. Esto conduce a la joven y, posteriormente, a su madre y su tía hasta Inglaterra. Allí conocerán a un atractivo brujo que les ayudará a reconducir la situación.
Nada menos que cuatro guionistas intentan llevar la trama a buen puerto. Tienen ideas ingeniosas y el tono recuerda al cine palomitero de los noventa, pero todo es un delirio, una broma en la que se mezclan unas historias con otras, sucediéndose situaciones que varían y apenas tienen que ver entre sí de una secuencia a otra. Además, sus ciento treinta minutos se antojan excesivos, ya que, con bastante menos metraje y eliminando escenas que no aportan nada, se habría aligerado considerablemente el argumento.
Buena parte de culpa la tiene su realizadora, la danesa Susanne Bier, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera por En un mundo mejor y que ya había trabajado con Bullock en A ciegas. Quizás su último trabajo destacado fue la serie El infiltrado. Esta segunda parte de Prácticamente magia queda lejos e incluso es inferior a su predecesora, dirigida por Griffin Dunne, que, todo hay que decirlo, tampoco era ninguna obra maestra.
Técnicamente es correcta y la puesta en escena de Bier resulta académica, abusando en exceso del plano-contraplano y de los primeros planos de sus estrellas, principal razón de ser de esta continuación. Bullock y Kidman son el reclamo, pero el exceso de operaciones estéticas no les beneficia, aunque, por desgracia, es el precio que parecen tener que pagar por mantenerse eternamente jóvenes y guapas. Les acompaña Joey King, actriz forjada en el terror, pero que en los últimos años destaca en este tipo de intrascendentes largometrajes de componente romántico. También aparecen dos intérpretes cuya carrera se lanzó gracias a la televisión, como Maisie Williams, en Juego de Tronos, y Xolo Maridueña, de Cobra Kai, aunque con papeles irrelevantes. Aportan veteranía Lee Pace y, sobre todo, Stockard Channing y Dianne Wiest, que repiten sus personajes de la primera parte.
No sabemos cómo funcionará a nivel de taquilla, pues Kidman y Bullock ya no viven el éxito de finales del siglo pasado, pero a buen seguro que tendrán su público. Si no se es demasiado exigente, ese espectador objetivo pasará un buen rato —a fin de cuentas, de eso se trata—, pero, en cuanto se escarbe en su superficie, el edificio se vendrá abajo.


