La jornada de sábado del Vive Latino arrancó con más calor (si cabe) que el día anterior, tocaba tirar de abanico para sobrevivir a la jornada. En el escenario Escena VL Multipla dejaron una excelente impresión. Un grupo musculoso, con energía y personalidad propia evitando convertirse en una simple réplica de nadie. En tiempos donde demasiadas bandas parecen diseñadas para sonar bien en playlists de oficina, eso ya es una victoria. La cosa promete.

Después llegó Biznaga. Confieso que sus discos no son santos de mi devoción, lo admito. Me pasa como con Carolina Durante o Alcalá Norte. Gritan demasiado. Pero lo suyo es el directo. Desprenden unas envidiables energía e intensidad punkarras mientras vomitan sobre la precariedad, el desencanto generacional, el capitalismo y la vida moderna. No creo que los escuche mucho en casa pero sí me acercaré a verlos en vivo.

Guitarricadelafuente ofreció en el escenario Ámbar probablemente el concierto más dinámico e incomprendido de las dos jornadas. Álvaro Lafuente domina como pocos el difícil arte de resultar extravagante sin parecer artificial. Pasó de la intimidad al gigantismo escénico con una naturalidad admirable. Hubo piano, hubo rumba contemporánea, hubo épica y hubo teatralidad. En una época donde muchos artistas parecen más preocupados por generar contenido para TikTok que por construir una personalidad artística propia, Guitarricadelafuente recordó que todavía es posible hacer ambas cosas sin vender el alma por completo.

Tocaba ir a ver a Ojete Calor. Su actuación fue el espectáculo más descarado, desinhibido y golfo del sábado. Hubo pullas por todas partes, humor de demolición, cero complejos y una colección de canciones que ya forman parte del patrimonio cultural de la España contemporánea, por mucho que eso aterrorice a los académicos. «Opino de que», «Morreo», “Vete a tu casa”, «Mocatriz» o «Tonta gilipó» siguen siendo artefactos de destrucción masiva para cualquier auditorio. Gusten o no gusten. Sean alta cultura o terrorismo musical. Son himnos. Y ver miles de personas cantándolos con absoluta convicción tiene algo profundamente hermoso y ligeramente preocupante. Como el humor ha entrado oficialmente en el Vive Latino, me permito una sugerencia para 2027: Los Gandules.

Confesaré también un prejuicio. Hasta hace poco metía a Siloé, Shinova, Ultraligera y buena parte de la nueva ola indie nacional dentro de una misma categoría llamada «Versiones Hacendado de Viva Suecia». En disco sigo teniendo problemas para distinguirlos. A veces parece que todas estas bandas comparten estudio, productor, instrumentos y probablemente contraseña de wifi. Escuchar ciertas novedades del indie español contemporáneo me resulta como participar en una cata a ciegas de aguas minerales. Los expertos aseguran que existen diferencias fundamentales pero yo no las percibo. Lo injusto es que luego llegan los directos y te obligan a rectificar.

Los grandes triunfadores de la noche fueron Siloé. La banda vallisoletana llegó con la legión de fieles más ferviente del festival y no les defraudó. En los conciertos de Siloé todo está calculado al milímetro. Las proyecciones. Los gestos de Fito Robles. Los silencios. Los crescendos. Los textos bíblicos. Las explosiones emocionales. Las transiciones electrónicas. Los baños de masas. Si mañana la Unión Europea decidiera regular la fabricación de himnos para festivales, probablemente usaría a Siloé como estándar de calidad. Su sonido y su estética me recordaron a un cruce entre The Cure y Depeche Mode (lo cual debería ser tomado como un halago), mientras las poses de Fito me recordaron al Prince De Purple rain. Y, para desesperación de los cínicos como yo, funciona. Mi vecina me lo resumió en un mensaje de WhatsApp: «Los amo.» Sinceramente, cualquier análisis musical posterior resultaría absurdo. La fe no entiende de lógica.

Ultraligera protagonizaron otra de las sorpresas del festival. Han crecido exponencialmente en los últimos meses y llenaron hasta los topes el anfiteatro Caja Rural, obligando incluso a cerrar los accesos y dejando a mucha gente con las ganas. Mientras Siloé representan la sublimación indie del rock de festival, Ultraligera son el caos imprevisible y peligroso a punto de desbordarse. Me quedo con el momentazo con los luchadores de lucha libre sobre el escenario. Bendito caos. Así debería ser siempre el rock. Sólo tienen un disco y una masa de seguidores que crece sin control. Quizás todavía haya futuro para el rock de guitarras en castellano.

La M.O.D.A., en cambio, me dejaron algo frío. Profesionalidad absoluta, entrega total y una colección de canciones que siguen conectando con sus seguidores. Pero yo no terminé de entrar. Puede que fuera culpa mía o que me sentó mal el empacho de indie o, simplemente me apetecía mucho más acercarme al escenario Escena VL para disfrutar la cumbia psicodélica y satánica de los mexicanos Sonido Gallo Negro. Me pareció la propuesta ideal para terminar el festival alejados de la autopista principal. Los disfruté mucho aunque admito que no son para todos los paladares.


Y así terminé esta quinta edición del Vive Latino, sé que me dejé muchos grupos pero ya sabemos que ir a un festival te obliga a sacrificar a unos artistas para poder ver a otros.
Resumiendo: Tras cinco ediciones, el Vive Latino se ha consolidado como uno de los grandes éxitos culturales de Aragón. Un festival con personalidad propia, una programación cada vez más sólida y una capacidad de convocatoria envidiable. Aunque haya llegado el momento de plantearse crecer de otra manera antes de descubrir que también se puede morir de éxito. Seguro que la organización toma buena nota para las siguientes ediciones.








Fotos Luis Cifer, excepto: Multipla, Guitarricadelafuente y Ultraligera, cedidas por la organización.



