La quinta edición del Vive Latino vino a demostrar dos cosas. La primera, que sigue siendo el festival más importante, multitudinario y popular de Aragón. La segunda, que quizá ha llegado el momento de sentarse, respirar hondo y revisar cuánta gente cabe realmente en el Recinto Expo. Porque sí, el festival agotó abonos, colgó el cartel de sold out y volvió a reunir a decenas de miles de personas alrededor de la mejor música en castellano. Magnífico. Enhorabuena a todos los implicados. Pero existe un punto en el que seguir vendiendo entradas deja de ser una buena noticia para el público. Durante años una de las grandes virtudes del Vive Latino había sido la comodidad. Podías moverte de un escenario a otro sin necesidad de desarrollar habilidades de delantero centro ni pedir disculpas cada tres pasos. Este año la situación fue algo distinta. Los flujos de público empezaron a recordar a una estación de tren japonesa en hora punta.
La jornada del viernes volvió a demostrar que el Vive Latino posee una identidad propia bastante reconocible. Hay festivales que parecen confeccionados por un algoritmo. Aquí todavía sobreviven ciertos riesgos, algunos nombres inesperados y una saludable mezcla generacional.

Los locales Practicante (proyecto formado por veteranos músicos de la escena maña) tuvieron el honor de abrir el festival bajo un sol de justicia y el mercurio rozando los 40 grados. Hubo momentos en los que los músicos parecían estar realizando una prueba de resistencia para ingresar en la Legión.
Si existe una artista que encaja en el ADN de un festival nacido en México y exportado a Zaragoza es Julieta Venegas. Puro mestizaje sin perder la esencia. Julieta no falló y deleitó al acalorado público con gemas como «Me voy», «Lento» o «Eres para mí».

Pignoise ofrecieron en el escenario Caja rural exactamente aquello que el público esperaba y sin provocar bochornos colectivos, lo que ya merece cierto reconocimiento. Miles de treintañeros y cuarentones cantaron canciones que llevaban años almacenadas en el mismo rincón de la memoria donde descansan Messenger y las tardes viendo Los Hombres de Paco. La nostalgia sigue siendo la fuente de energía renovable más eficiente de Occidente y la vigencia de pop/punk de Pignoise es la muestra definitiva.
Amaia fue una de las grandes alegrías del viernes. Me conquistó desde el primer momento esa combinación tan extraña de profesionalidad absoluta y cercanía desarmante. Da la sensación de que todavía no termina de creerse ni el talento que posee ni el éxito que arrastra. En una industria donde no faltan músicos que hablan de sí mismos como si fueran una mezcla entre Bowie, Prince y Jesucristo, resulta refrescante encontrarse con alguien que todavía parece una persona normal. Es cierto que el concierto perdió algo de fuelle en los breves minutos que bajó al foso a interactuar con sus seguidores, pero a Amaia se le perdona todo. Es tan maja que resulta encantadora incluso cuando hace cosas que en cualquier otro artista provocarían una avalancha de mensajes indignados en redes sociales. Que les den. Amaia mola. Me dejó fascinado con “C’est LA vie”, “M.A.P.S.”, “Tengo un pensamiento”, “Yamaguchi” o esa joya con Alizzz llamada “El encuentro”.

El otro gran golpe sobre la mesa del viernes lo dio M-Clan. Nueve músicos sobre el escenario, un sonido gigantesco y un repertorio en el que no sobró absolutamente nada. Y luego está Tarque. Tarque parece salido de una cadena de montaje destinada exclusivamente a producir estrellas de rock. Viéndolo actuar uno entiende por qué algunos grupos necesitan visuales, pantallas, humo y fuegos artificiales mientras otros solo necesitan salir al escenario a defender sus canciones.

Hay personas que nacen con carisma. Loquillo lleva farmeando aura desde los años ochenta. Buena parte del concierto descansó sobre esos clásicos inmortales que todos sabíamos que iban a sonar, incluidos “Rock and roll star”, «Cadillac Solitario», “Rey del Glam” o “El ritmo del garaje”. Pero nadie compra una entrada para ver a Loquillo esperando descubrir la nueva vanguardia experimental catalana. Uno va a escuchar y ver a Loquillo siendo Loquillo. Y lo sigue haciendo extraordinariamente bien.

Y entonces llegó Rigoberta Bandini. La embarazadísima Paula Ribó firmó uno de los espectáculos más inteligentes de todo el fin de semana. Mientras muchos artistas siguen entendiendo el formato festival como una sucesión de canciones interpretadas correctamente, Rigoberta entiende perfectamente el concepto de espectáculo. Cámaras incorporadas al micrófono para proyectarse en las pantallas, cambios de vestuario, bailarinas interactuando con el público, su marido totalmente desbocado a los teclados y una capacidad de conectar con el recinto que pocas veces se ve en un evento de estas dimensiones. El repertorio transitó desde la pulsión electrónica y techno de «Simpática pero problemática» hasta una versión acústica de «Mayonesa», pasando por cortes más lentos como «Amore Amore Amore». El cierre con «Ay mamá» y «Busco un centro de gravedad permanente» confirmó que Rigoberta sigue siendo una de las artistas españolas que mejor entienden el concepto de espectáculo.
Sanguijuelas del Guadiana fueron los verdaderos vencedores morales del escenario Escena VL, transformado en una cochera, ya que desbordaron cualquier previsión razonable de asistencia. Lo más interesante no fue el concierto de los extremeños, que lo dieron todo, sino comprobar que el público ya los percibe como estrellas a pesar de tener un único disco. Consecuencias: aforo reventado y miles de personas que acudieron a ver a Sanguijuelas del Guadiana terminaron convirtiéndose involuntariamente en un tapón humano para los que intentaban abandonar el recinto. Nada grave, todavía, pero sí molesto.
Quizá haya llegado el momento de reorganizar escenarios, abrir nuevas vías de circulación, habilitar otra salida o añadir algún espacio más. O incluso cometer la herejía definitiva de la industria cultural contemporánea: vender menos entradas. Porque el Vive Latino sigue siendo un gran festival. Precisamente por eso debe evitar morir de éxito.






