«Obsession» es una típica producción de Blumhouse. Uno de esos títulos filmados con poco presupuesto —aunque muy bien aprovechado—, protagonizados por actores poco conocidos y centrados en el cine de terror que, sin embargo, consiguen presentar nuevos talentos y ofrecer una propuesta relativamente refrescante dentro del horror contemporáneo.

Y eso que la premisa no tiene nada de original. Un joven enamorado platónicamente de una amiga encuentra un artefacto esotérico capaz de cumplir su deseo de que ella lo ame por encima de todo. El resultado es una obsesión —a la que alude el título— que desencadena graves conflictos dentro de su grupo de amigos y desemboca en una serie de horrendos crímenes. Como puede verse, no hay nada nuevo bajo el sol, y la historia puede recordar a multitud de largometrajes de corte similar, como «Siete deseos» o, incluso, a las recientes «The Monkey», de Oz Perkins, y «La sustancia», de Coralie Fargeat.
Lo interesante aquí no está tanto en lo que se cuenta como en la forma de contarlo. Es ahí donde descubrimos a Curry Barker, un cineasta de apenas veinticinco años que propone un entretenido divertimento, bien narrado y sostenido por una eficaz puesta en escena que conduce al espectador hacia un delirante desenlace, reforzado por unos logrados efectos de maquillaje y un final muy acertado. Barker ejerce como director, guionista y montador, y sale airoso en las tres facetas al firmar una película que esconde muchos de los miedos de la juventud actual, tanto estadounidense como del resto del mundo. Sentimientos universales como la necesidad de aceptación o el amor no correspondido, tan presentes hoy en día y amplificados por las redes sociales —aunque los protagonistas de «Obsession» apenas hagan uso de ellas—, vertebran el relato.
Barker debutó en el largometraje con «Milk & Serial», una película rodada con un presupuesto ínfimo que acabó viralizándose en YouTube. Gracias a ese éxito ha logrado el respaldo financiero de Blumhouse y la distribución de Universal para una cinta que encierra mucho más contenido del que aparenta a simple vista, en un sentido similar a lo que ocurrió en su momento con la infravalorada «The Game», de David Fincher.
Barker se convierte así en el maestro de ceremonias de este viaje lisérgico y desmadrado por los territorios del amour fou, donde sus dos protagonistas, Michael Johnston e Inde Navarrete, cumplen con solvencia unos personajes deliberadamente histriónicos. Junto a ellos destacan también los eficaces secundarios Cooper Tomlinson y Megan Lawless. Un reparto reducido, pero perfectamente ajustado a las necesidades de una película que demuestra que, cuando Jason Blum apuesta por proyectos arriesgados, el resultado puede ser tan entretenido como este. Aunque no siempre acierte, el nombre de Blum sigue siendo sinónimo de interés dentro del panorama actual del cine de género.

















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