Crónica de The Divine Comedy, Teatro Real, Madrid, 26 de julio de 2026

Una imagen resume mejor que ninguna otra lo que fue anoche el concierto de The Divine Comedy en el Teatro Real:  parte del público al que la organización había informado, con la cortesía propia de un mayordomo victoriano, de que debía guardar las formas y no abandonar su butaca, terminó bailando en el foso de la orquesta. Cubierto, tranquilos, ningún fagot sufrió daños. Pero el gesto tenía su gracia: el templo que ha visto pasar a Wagner con toda su parafernalia teutónica y a Verdi con su drama italiano, viendo ahora a un variopinto público agitar la cadera mientras un caballero de traje impoluto los miraba con la sonrisa de quien acaba de ganar una apuesta consigo mismo. Neil Hannon lleva décadas con The divine Comedy provocando este tipo de pequeñas insurrecciones de guante blanco, y anoche, en su templo prestado, se despachó a gusto. Y no se conformó con dirigirlas desde la distancia protocolaria del escenario: en un momento dado bajó él mismo, se metió en el foso y bailó entre la gente, como si de pronto hubiera decidido que las normas de su propia fiesta también van con él, faltaría más.

El concierto formaba parte del ciclo Revolution’65, que el Teatro Real celebra este verano por segundo año consecutivo, y cuya filosofía consiste en colar seis décadas de pop y rock —desde 1965 hasta hoy— dentro del Teatro Real. Hannon arrancó con tres canciones de Casanova: «Something for the Weekend», «Becoming More Like Alfie» y «The Frog Princess». El disco cumple treinta años y sigue siendo, para quien esto firma, la obra maestra de un hombre que ha dedicado su carrera a la noble tarea de fusionar la lujuria, el fracaso sentimental y la vergüenza ajena con la elegancia más absoluta.

Y sin embargo, con banda sobresaliente y todo, lo impagable siguió siendo Hannon y su apariencia de aristócrata venido a menos. Hannon peina las canas con su elegancia sarcástica y su ironía absolutamente intactas. Si no más afiladas; estuvo irónico e irreverente toda la noche, soltando dardos entre canción y canción, coqueteando con el público, riéndose abiertamente del boato del propio Teatro Real como quien se ríe de una fiesta de disfraces a la que, no obstante, ha acudido con el disfraz más elegante de la noche. Y ahí está lo curioso: ni siquiera bailando en el foso, ni siquiera haciéndose el dormido sobre el escenario, perdió la compostura. Es el tipo de hombre capaz de hacer una gamberrada sin que se le mueva un músculo de la cara. Hay compositores a los que los años ablandan; a otros como a Hannon, o como al buen vino, el tiempo los mejora y los vuelve más insoportablemente encantadores.

El repertorio siguió por «Norman and Norma», «Neapolitan Girl» y «Bang Goes the Knighthood», hasta «Generation Sex» y «Bad Ambassador», donde la banda pisó el acelerador y el teatro empezó a resquebrajarse educadamente por las esquinas. Tras una pausa que el propio Hannon bautizó, con la solemnidad de quien anuncia un armisticio, como «hydration break», llegaron a la irónica y mordaz a la vez que irresistible «Mar-a-Lago by the Sea». Con «Achilles» la noche entró en su tramo más denso y, hay que decirlo, más hermoso.

Porque si hubo un momento para enmarcar y colgar en nuestro particular «salón de trofeos de noches memorables» fue la hermosa «Our Mutual Friend». Hannon no la cantó tanto como la interpretó, en el sentido teatral y ligeramente ridículo del término: se hizo el dormido, llegó a tumbarse en el suelo del escenario mientras la banda sostenía la canción. El público se quedó mudo, extasiado por la belleza de esta joya de pop de cámara y pendiente de cada gesto de ese señor tirado en el suelo de un teatro de ópera. Pocas veces se ve a alguien arriesgar tanto el ridículo con tan buenos resultados.

«¿Lo estáis pasando bien? Pues tenemos un puñado de canciones  deprimentes para vosotros.» Deprimentes y hermosas, añado yo.  «The Heart Is a Lonely Hunter», «A lady of a certain age», «Ten Seconds to Midnight», «Absent Friends» —otra vez esa habilidad suya de hacer bailable la tristeza — y el subidón de «I Like» y «National Express», el himno que todos esperaban y en cuyo tramo final Hannon bajó al foso a confraternizar con el público. Ahí el férreo protocolo del Real terminó de morir del todo, sin honores: la gente abandonó las butacas en masa, bajó hacia los pasillos y varias decenas se plantaron a bailar junto a Hannon en el foso cubierto, como si aquello fuera un pabellón de feria y no la casa de la ópera española.

El bis, con «How Can You Leave Me on My Own» e «Invisible Thread», parecía el momento de bajar el pulso antes del golpe final. Craso error de cálculo por mi parte: llegó «Tonight We Fly» y el Real alzó el vuelo. Hannon nos hizo creer que el teatro entero (platea, palcos, foso y el protocolo hecho confeti) voló con él.

Neil Hannon sigue siendo de los pocos capaces de dar, en la misma noche y sin despeinarse, una lección de estilo y una invitación en toda regla a saltarse las normas con elegancia.