Crónica de Suede + Nacho Vegas, Pirineos Sur, 10-07-2026

Ha llovido mucho desde aquel lejano 1995 en el que Suede pasó por Zaragoza dejando una de esas noches que uno guarda en un rincón privilegiado de la memoria. Han cambiado las ciudades, los discos ya no se compran en las tiendas y muchos de aquellos jóvenes que se aprendían de memoria las letras de Brett Anderson ahora peinan canas (los que tienen suerte) o directamente se han bajado del tren. Aunque, como suele decirse, el tiempo no le ha caído igual a todos. Porque lo de anoche en Pirineos Sur tuvo algo de desafío al tiempo. Bajo la mirada silenciosa de las montañas y con el embalse de Lanuza convertido una vez más en el escenario más hermoso del verano aragonés, Suede demostró que hay grupos que no viven de la nostalgia, sino que la utilizan como combustible.

Brett Anderson apareció sobre las tablas en un estado de forma sencillamente envidiable. Delgado, nervioso, magnético, dueño de esa manera tan suya de ocupar el escenario como si cada canción fuera la última. Corre, salta, se agacha y mantiene intacta esa mezcla de elegancia decadente y energía juvenil que le convirtió en uno de los grandes frontman de los noventa.

Sabe también, porque los años a algunos les enseñan más que castigan, que ya no llega con la misma facilidad a algunos de aquellos coros imposibles. Perro viejo, ha encontrado la solución perfecta: deja esos estribillos más agudos en manos del público, que los canta con una devoción casi religiosa. Y el resultado es incluso mejor. Porque hay pocas cosas más emocionantes que escuchar a cientos de gargantas entonar al unísono canciones que forman parte de la banda sonora sentimental de varias generaciones.

No faltaron los clásicos, interpretados con una pasión y una entrega que ya quisieran muchos grupos jóvenes empeñados en demostrar cada noche lo mucho que sienten lo que hacen. Suede no necesita demostrar nada, y precisamente por eso resulta tan convincente. Allí estuvieron Trash, recibida como un viejo amigo al que hacía tiempo que no se veía; la electricidad desatada de Animal Nitrate y la belleza melancólica de Everything Will Flow o Saturday Night, canciones de aquella primera etapa gloriosa que siguen conservando intacta su capacidad para emocionar. No faltaron temas de su segunda época, más oscura y reposada pero igualmente interesante, destacando She Still leads me o los temas de su último trabajo Antidepressant (2025) como Disintegrate o Dancing with the europeans. Durante hora y media dio la impresión de que el tiempo hubiese decidido detenerse en algún punto indeterminado entre la resaca del britpop y la madurez serena de quienes han sobrevivido a todas las modas a no pocos excesos.

Antes había actuado Nacho Vegas. Profesional, solvente y dueño de un repertorio incontestable, el asturiano venía a presentar su nuevo trabajo Vidas semipreciosas. Vegas ofreció un concierto notable, aunque quizá algo frío para un entorno que invitaba más a la celebración. Sus canciones piden otra temperatura, otra luz: una chimenea, el crepitar del fuego y una copa reposando en la mano mientras sus historias van desfilando lentamente. Aun así, su actuación fue de gran nivel y dejó momentos de indudable belleza como el polémico Deslenguarte.

Cuando las luces se apagaron y el eco de las últimas notas de Suede se perdió entre las montañas, quedó esa agradable sensación de haber asistido a algo más que un concierto. Quedó la certeza de que algunas canciones forman ya parte de nuestra propia biografía y de que, de vez en cuando, el tiempo tiene la delicadeza de devolvernos, aunque solo sea por una noche, a quienes fuimos.

Y anoche, en Lanuza, muchos volvimos a tener veinte años.