El día de la revelación es la nueva propuesta de Steven Spielberg, un cineasta que parece empeñado en reverdecer viejos laureles. Es cierto que sus producciones ya no alcanzan el rédito económico de antaño, pero su forma de entender el cine lo mantiene como uno de los últimos grandes clásicos vivos. Cuando ya no esté, será de esos autores cuya ausencia se dejará sentir.

Con este título regresa a un territorio que le ha proporcionado algunas de las mejores películas de su carrera, varias de ellas auténticas obras maestras: la ciencia ficción. El día de la revelación funciona casi como una recopilación de los grandes temas del director, con ecos de Encuentros en la tercera fase, E.T., el extraterrestre, Minority Report, Inteligencia artificial, La guerra de los mundos o la más reciente Ready Player One. Todas ellas parecen confluir en las más de dos horas y cuarto que dura este Disclosure Day.
El filme mantiene el pulso narrativo de principio a fin gracias, en buena medida, al excelente guion de David Koepp, un escritor cuya trayectoria lo ha llevado a colaborar con nombres como Brian De Palma, David Fincher, Steven Soderbergh o el propio Spielberg. Un libreto espléndido que oscila entre la crítica a unos gobiernos demasiado proclives al oscurantismo y la reflexión sobre la innata capacidad de autodestrucción del ser humano. Una mirada que enlaza directamente con las Crónicas marcianas de Ray Bradbury y con aquella ciencia ficción pesimista de los años setenta representada por títulos como Soylent Green, La amenaza de Andrómeda o Capricornio Uno.
Todo ello envuelto en ese inconfundible sentido del espectáculo que acompaña a cualquier obra de Spielberg. Acción, un montaje antológico —donde resulta inevitable echar de menos a Michael Kahn, aunque figure como productor ejecutivo—, un dominio del ritmo reservado a muy pocos cineastas y un equipo técnico de primer nivel, con Janusz Kaminski al frente de la fotografía y John Williams firmando, previsiblemente, su última banda sonora para el director.
El resultado es una película que avanza con una fluidez admirable y que, además de entretener, invita a reflexionar sobre la verdad, la mentira y la construcción del relato. Spielberg vuelve a reivindicar la prensa libre como uno de los pilares fundamentales de la democracia y muestra cómo el poder, con frecuencia, utiliza la religión como herramienta de control. Una idea que ya sobrevolaba Los archivos del Pentágono y que aquí adquiere una dimensión aún más ambiciosa. Frente a la maquinaria del Estado, el director sitúa el periodismo como contrapoder imprescindible ante una realidad donde la mentira se ha convertido, demasiado a menudo, en una forma habitual de ejercer el poder, especialmente cuando se trata de ocultar la corrupción o eludir responsabilidades.
El estreno cuenta, además, con un reparto de enorme solvencia, encabezado por una magnífica Emily Blunt y Josh O’Connor. Junto a ellos sobresalen Colin Firth, componiendo un villano marcado por el sentimiento de culpa; Colman Domingo y la joven Eve Hewson, que completan un sólido elenco de secundarios.
Bajo la batuta del responsable de Tiburón, todos contribuyen a levantar una película de una contundencia poco habitual en el panorama actual. Cine del de antes, del que confía en la fuerza de la puesta en escena, en el poder de las imágenes y en la inteligencia del espectador. Podría haberse rodado perfectamente entre las décadas de los setenta y los noventa, cuando Spielberg era el indiscutible «Rey Midas» de Hollywood.
Es posible que su desenlace haya dividido a una parte del público y de la crítica, que lo considera fallido. No comparto en absoluto esa opinión. Muy al contrario, creo que son pocas las películas contemporáneas capaces de exhibir un talento narrativo tan descomunal como el que sigue demostrando uno de los cineastas fundamentales de la historia del cine.
















0 comentarios