Siempre es una buena noticia que un festival vuelva. Y más si lo hace después de haberse despeñado por ese barranco reciente donde cayeron pandemias y mudanzas erráticas. El Slap! estuvo un par de años en barbecho, como esos bares de confianza que bajan la persiana “por reformas” y uno teme no volver a ver. Pero, gracias al crowdfunding, volvió. Y volvió a casa: el camping municipal de Zaragoza, ese pequeño ecosistema donde la música negra se toma sin hielo y con familia alrededor.
El regreso ya era suficiente titular. Se le había echado de menos, sí, pero el Slap! también ha aprendido a adelgazar sin perder la sonrisa. Menos músculo, menos nombres de relumbrón… y, sin embargo, las mismas ganas de bailar. Porque aquí no se viene a presumir de playlist, sino a sudarla. El Slap! 2026 ha sido más pequeño, más doméstico, más cercano. Y, precisamente por eso, más disfrutable.

Sara Gale
El festival conserva sus liturgias: el Slap! All Styles Battle, el inevitable Pool Train, esa mezcla de chapuzón y groove que ya es patrimonio inmaterial del camping. Ni siquiera la lluvia del sábado —ese invitado pesado que nadie llama y siempre aparece— fue capaz de aguar la fiesta. Había hambre. De Slap!, de reencuentro, de recordar que lo bueno no siempre necesita fuegos artificiales.Porque sí: uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde. Y al Slap! le pasó eso mismo con su público. Ahora toca mimarlo. Y mimarse. Porque pocos festivales pueden presumir de ser cómodos, accesibles y, ojo, familiares sin sonar a domingo de comunión. Aquí los niños bailan y los mayores también, y nadie te juzga por mezclar cerveza con siesta.
Cambio de fechas —de julio a junio—, pero no de espíritu. El jueves fue ese calentamiento que siempre parece menor y luego resulta ser media fiesta. El Bosque Sonoro DJs, el Club del Disco con Roberto Templo DJ y, de repente, la sorpresa: Sara Gale Band. Confesión sin pudor: servidor no tenía ni idea de quién era. Error. Voz enorme, soul-pop contagioso y esa sensación tan rara de descubrir algo bueno sin recomendación previa. Aún quedan alegrías sin algoritmo.

Afrosideral
El viernes ya se puso serio. Afrosideral, desde Cuba, combinando raíces atávicas con tecnología con la naturalidad del que mezcla ron y hielo. Irregular Roots, locales y habituales, volvieron a demostrar que el reggae no siempre necesita reinventarse para funcionar. Y luego llegaron los ghaneses Big Ddy, que le dieron un meneo interesante al asunto con su cruce improbable —y efectivo— de África y techno. Hay mundo más allá de nuestra playlist de confianza, y está golpeando la puerta.

Irregular roots
Para cerrar, DJ Fonki Cheff, veterano con oficio, haciendo arqueología musical en vinilos de 45 como si estuviera rescatando reliquias de un templo funk. RUN DMC, Kool & The Gang, La Catalina… todo cabe cuando se pincha con cabeza. Incluso hubo cameo de Juli Giuliani, calentando motores para el día siguiente. Detalles que hacen barrio.

Big Ddy
El sábado fue otra cosa: más lúdico, más gamberro. Campeonatos juveniles, arte entre pinares, niños correteando mientras los mayores negociaban la resaca. Antes de comer, el DJ Pendejo y el Pool Train hicieron lo suyo: ritmo, agua y ese caos controlado que define al Slap!.

Por la tarde, el ritual competitivo del All Styles Battle 1vs1, donde el talento se mide sin excusas, ni la lluvia pudo con ellos. Disfrutamos de la sesión de otra habitual del Slap!: Lady Funk mientras la tormenta se acercaba, la misma tormenta que obligó a resguardarnos y a los Hip Horns Brass Collective a buscar los porches del camping para seguir tocando, que la fiesta no pare. Después, Sista Joy, portuguesa afincada en Madrid, regaló una sesión de reggae con manual de uso incluido: así, y no de otra forma, se mueven las caderas. Y cuando el cuerpo empezaba a pedir tregua, apareció R de Rumba para negar cualquier posibilidad de retirada digna. Su sesión fue un resumen sin concesiones de la música negra de las últimas décadas. Sin nostalgia cutre, sin guiños vacíos. Solo hits bien puestos.

R de rumba
Y se acabó. Sin épica forzada. Sin fuegos artificiales que tapen la falta de alma. Solo cansancio del bueno, pies doloridos y una sonrisa de esas que no necesitan filtro. El Slap! ha vuelto. Más humilde, más cercano, más consciente de lo que es. Y eso, en estos tiempos de gigantismo festivalero, es todo un acto de resistencia. Nos vemos en 2027. Con lluvia si hace falta… y con ganas, que de eso nunca faltan.

Juli Giuliani

Fonki Cheff


















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