40 PELÍCULAS FRANCESAS QUE DEBERÍAS VER ANTES DE PASAR DEL CINE DEL SIGLO XX:

Si todavía no te hemos convencido o si, por el contrario, ya estás totalmente enganchado, ahí van unas cuantas películas que no deberías dejar pasar para terminar de comprender la grandeza del cine del norte de los Pirineos. El abanico se abre y se funden géneros, aparecen directores, actores y actrices que habrás oído nombrar más de una vez. Quizás sea el momento de volver a visionarlas o darles una oportunidad. Lo dejaremos en 40:

1.- Jean Vigo – Cero en conducta (Zéro de conduite: Jeunes diables au collage, 1933): Impresionante manifiesto revolucionario contra el régimen escolar francés inspirado en los recuerdos de la infancia del propio director. Con los niños como protagonistas casi absolutos y un gran talento de Jean Vigo para mostrar, en apenas 40 minutos, toda la rabia y represión sufrida por los escolares galos de principios de siglo XX. Con muy poco dinero y menos experiencia todavía, pero toneladas de talento y aprovechando el legado del cine mudo, el director ha llegado a nuestros días como uno de los grandes iconos del cine francés pese a su prematura muerte a los 28 años y su escaso bagaje fílmico. Muchos directores posteriores han reconocido su influencia, especialmente François Truffaut en esa otra maravilla llamada “Los 400 golpes”.

2.- Jean Vigo – L’Atalante (L’Atalante, 1934): La introducción con las escenas en el pueblo previas a la boda y la subida al barco no dan intuiciones de lo que vamos a ver luego. Una vez suben a L’Atalante y el gran Michel Simon aparece en pantalla con el protagonismo que su talento desbordante merece, la película crece enormemente. Mientras el barco se desliza por el Sena, Dita Parlo se aburre y reniega por no poder visitar París y Jean Dasté debe cumplir sus compromisos laborales con la barcaza. Jean Vigo gozaba de una sensibilidad y un idealismo juvenil de una competencia tan abrumadora que con solo 2 cortos, un mediometraje y este largometraje, ha pasado a la historia como uno de los grandes del cine galo. La película va pasando, va enganchándote, va seduciéndote, hasta acabar totalmente fascinado por la maravillosa sencillez del sentimiento encauzado a través del objetivo de una cámara de cine.

3.- Jean Renoir – La gran ilusión (La grande illusion, 1937): Ambientada en la IGM y basada en las experiencias vividas por el propio Renoir durante la misma, nos topamos ante un canto a la camaradería, a la amistad, a la sin razón de la guerra y, especialmente, a la igualdad del ser humano, venga de donde venga y sea de la clase que sea. El oficial alemán (Erich Von Stroheim) a cargo del campo de prisioneros alemán jamás pierde los modales ante su homónimo francés (Pierre Fresnay), los soldados son tratados exactamente igual y se tiene especial consideración hacia el personaje interpretado por Marcel Dalio, de raza judía, que arremete contra todos los tópicos típicos y es mostrado como el más fiable de los amigos y el mejor y más considerado de los compañeros. Gran dominio de la técnica cinematográfica y del manejo de la cámara y los encuadres, conjuntando una de las obras más notables de la filmografía del insigne Jean Renoir, donde antibelicismo, amistad, amor, compañerismo y puñetazos directos a la yugular de los políticos se mezclan.

4.- Marcel Carné – Amanece (Le jour se lève, 1939): Se oye un disparo, se abre una puerta y un hombre acaba rodando por una escalera hasta morir. François se encierra en su habitación. Es un tipo querido y respetado por todos, enamorado de Françoise, con trabajo en una fábrica, pero se cruza en su camino Valentin, un personaje insólito relacionado con su amada que le obliga a alejarse de ella y acercarse a Clara (el magnetismo que irradia Arletty es espectacular). Carné y Prévert (ayudado en esta ocasión por Jacques Viot para elaborar el guión) traman su típica tela de araña para ir cercando a los personajes hacia su inevitable final. No llega a la altura de las otras películas que comento en este mismo artículo de Marcel Carné, pero sí que es igualmente meritoria y merece una consideración notable. El póker protagonista, Jean Gabin, Jacqueline Laurent, Arletty y Jules Berry están fantásticos.

5.- Robert Bresson – Las damas del bosque de Bolonia (Les dames du bois de Boulogne, 1945): Bresson se apoya en el trío protagonista para contarnos la historia de una venganza malvada, donde una Maria Casares de dos caras trama una desquite monstruoso contra su amado Paul Bernard. Ambientado en París, toda la película reluce en las miradas profundas y los gestos contenidos de los protagonistas, especialmente de la dupla femenina, donde Elina Labourdette se rinde ante los encantos amistosos y bondadosos de su benefactora. Uno de los pocos ejemplos de un cine encuadrado dentro de los límites clásicos y normales en todos los sentidos en la filmografía de Bresson, que se beneficia de la interpretación de la pareja protagonista femenina. Destacar la colaboración de Jean Cocteau en la escritura de los diálogos del guión, adaptación de un relato de Diderot.

6.- Jean Cocteau – La bella y la bestia (La Belle et la bête, 1946): Adaptación del clásico cuento infantil a la gran pantalla con el estilo tan particularmente teatral y personalmente surrealista de Cocteau. La historia es conocida por todos, pero lo que hace de esta versión algo único es la maravillosa puesta en escena y la genialidad de los decorados y ambientación. No soy muy fan de Jean Marais y de hecho pongo la interpretación en un segundo plano, totalmente absorbida por ese imponente castillo perdido entre el bosque, donde las puertas se abren solas, los candelabros están sujetados por brazos en el aire, las velas se encienden por sí mismas, donde un guante te permite viajar instantáneamente a donde tu quieras, donde un caballo te lleva a donde desees, etc… Todo un delirio de los sentidos al servicio de la avaricia y el ego del ser humano.

7.- Jean Renoir – El río (The river, 1951): Renoir vuelve a Francia y se estrena con esta especie de semidocumental sobre el despertar romántico de una joven, cuyo principal atractivo es el viaje que nos propone a través de la cultura, las costumbres, la mitología y la forma de vida en la India desde el punto de vista de unos ojos occidentales. El melodrama romántico es totalmente secundario ante la apabullante explosión de colores, imágenes, y atmósferas de la tradición hindú, dando lugar a encuadres y fotogramas que perfectamente podrían haber sido ideados por su padre. La música popular, las fiestas locales, el vestuario, etc… componen un folleto turístico de primer orden, rodado con una elegancia y una sobriedad calculada que permiten que el primer amor de una adolescente occidental en la India nos enganche desde el primer minuto.

8.- Jacques Becker – París, bajos fondos (Casque d’or, 1952): Deudora del realismo poético de Carné y Renoir, una gran obra de Becker que explora el dramatismo del amor imposible marcado por un destino trágico casi conocido desde el principio. La mezcolanza de géneros, el costumbrismo, los gángsters, el romanticismo, la amistad verdadera, todo nos remarca el gran trabajo de Jacques Becker tras la cámara (¡¡¡qué maravillosos primeros planos le regala a una preciosísima Simone Signoret!!!) y la gran adaptación que hace junto a Jacques Companeez al inspirarse en hechos reales para escribir el guión. Podemos destacar por igual el caciquismo del clan mafioso, como la relación amorosa entre Simone Signoret y Serge Reggiani o la relación amistosa entre este y Raymond Bussières.

9.- Max Ophuls – El placer (Le plaisir, 1952): En esta ocasión nos topamos con la adaptación de tres cuentos de Guy de Maupassant. Dos de ellos, el primero y el último, más trágicos y funestos, el segundo, sin embargo, es muchísimo más alegre y divertido, jugando contra la doble moralidad del ser humano sin ningún rubor y sin pábulo a la defensa. Una vez más el director vuelve la vista atrás y nos lleva a finales del siglo XIX, donde tres historias, con tres puntos de vista distintos y tres motivaciones diferentes conjugan el mismo objetivo: la búsqueda del placer. La dirección artística, la fotografía y la cámara, ese ojo que todo lo ve y que Ophüls maneja mejor que nadie, son el principal atractivo de una película muy barroca en su forma, pero muy simple en su fondo. La historia central, la más larga y principal eje conductor, con Madeleine Renaud como principal estrella en la ciudad y Jean Gabin en el campo, funcionaría perfectamente por sí sola con cierto aire socarrón, muy emparentada con su anterior “La ronda”, aunque el añadido de los otros dos relatos le da una amplitud de miras que completa tanto la visión del autor como del director.

10.- Henri Georges Clouzot – El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953): Un montón de desarrapados de todo tipo que huyen de todos sitios se refugian en un pequeño país sudamericano donde el único medio con el que ganarse la vida es trabajando para una empresa estadounidense que explota pozos petrolíferos. Mientras tanto malviven en el pueblo, entre el polvo, la taberna y el calor agobiante que refleja perfectamente la situación que atraviesan los personajes que allí se encuentran. Toda la 1ª parte de la película se explaya en mostrarnos esa angustia que viven los protagonistas. Al llegar la oportunidad de ganar el dinero suficiente para largarse de allí deben jugarse la vida para conseguirlo y pasamos a vivir una pesadilla constante. Los 4 elegidos deben llevar nitroglicerina en 2 camiones por unas carreteras en mal estado, llenas de baches y trampas que pueden hacerles saltar por los aires a la mínima, pero es el precio a pagar para conseguir lo que quieren. La tensión es tremenda y no para de crecer, los 140 minutos que dura consiguen mantenerte pegado a la pantalla mordiéndote las uñas. Si le añadimos la crítica social extrapolada a cualquier país del mundo y a cualquier persona necesitada o considerada prófuga por cualquier motivo ya lo tenemos todo.

11.- Jacques Tati – Las vacaciones de M. Hulot (Les vacances de M. Hulot, 1953): La costa bretona es el lugar elegido por muchas personas para pasar sus vacaciones, incluido el Señor Hulot que, desde su misma llegada con ese ruidoso y destartalado coche, no puede pasar desapercibido. Con pocos diálogos y dándole preeminencia absoluta al gag visual, Tati actualiza a los clásicos del cómico mudo (no podemos evitar recordar a Chaplin, Keaton…) y nos presenta el antecedente inequívoco del típico personaje que posteriormente desarrollarían otros humoristas como Peter Sellers con sus míticos Inspector Clouseu de “La pantera rosa” o Hrundi V. Bakshi de “El guateque”. Ingenuamente encantadora y perdidamente cándida, pero divertida desde el principio hasta el final.

12.- Jacques Tati – Mi tío (Mon oncle, 1958): Multipremiada comedia de Jacques Tati donde, a mi entender, su mayor acierto es la crítica totalmente explícita a la sociedad moderna y consumista, absolutamente bipolar y aparente (genial el gag del chorrito de agua del jardín). Monsieur Hulot continua las peripecias que inició su personaje en su anterior película, pero esta vez lo traslada a la ciudad. Tati confronta la sociedad dominante, con casas de lujo, cientos de aparatos automáticos que te vuelven loco, en su mayoría prescindibles, frente a la gente normal del barrio, encarnada en su grado extremo por Hulot. Los gags visuales, con diálogos casi inexistentes, y la personalidad cómicamente infantil de Hulot hacen el resto, aunque como digo, la comedia pura queda muy absorbida por la tremenda crítica social.

13.- Francois Truffaut – Tirad sobre el pianista (Tirez sur le pianiste, 1960): Truffaut se refugia en esta mezcla de géneros para autorregalarse un ejercicio de puro estilismo fílmico. Tras el éxito de “Los 400 golpes” se pone el disfraz de mago para desbocar la esencia de la Nouvelle Vague en su obra. Pasamos de un hermano a otro, de voces en off a asesinos con sentimientos, de prostitutas que ejercen de cuidadoras de niños a pianistas de gran éxito con un presente más que oscuro. François Truffaut se libera de las ataduras virtuales de la cinematografía clásica para darse un baño de estilo innovador y arriesgado, homenajeando a su manera al cine negro clásico. Charles Aznavour (famoso cantante francés) asume su primer papel protagonista de manera más que solvente, dando a su interpretación el mismo aire renovador que su director.

14.- Georges Franju – Los ojos sin rostro (Les deux sans visage, 1960): Totalmente desquiciante y enfermiza (recordemos que hablamos de 1960). Un insigne médico francés, culpable de un accidente en el que su hija quedó desfigurada, no para de investigar posibles soluciones para devolver la belleza perdida a su heredera. Hasta aquí no parece nada desasosegante, sin embargo, los métodos empleados, raptando mujeres para usar su piel en dichas pruebas, van creando una atmósfera cada vez más agobiante y sofocante, cerrando poco a poco los dedos sobre nuestra nuez, donde la saliva ya no pasa. Horror fascinante que servirá de base para el cine de terror de las sucesivas décadas, aunque quizás nunca nos demos cuenta. Fundamental.

15.- Louis Malle – El fuego fatuo (Le feu follet, 1963): Alain Leroy está terminando su tratamiento de desintoxicación del alcohol en una clínica de las afueras de Versalles, incapaz de volver a retomar su vida, de volver a sentirse humano. Para ello vuelve a París, a contactar con sus antiguas amistades e intentar volver a sentir, volver a ser. Podríamos decir que la película trata sobre la soledad o sobre el alcoholismo, pero para mi retrata la desolación que la adicción crea en una persona, ya débil de por sí, al despojarla de cualquier sentimiento humano, con crudeza y frialdad, sin analizar causas o motivos ni culpables o soluciones. Malle se limita a mostrar los hechos, sin entrar en nada mas, remarcando la frustración constante de Alain con un blanco y negro sombrío y una música perfecta para remarcar la destrozada psicología del protagonista. Maurice Ronet está sobresaliente, perfecto en su interpretación, dotando a Alain de la desidia y desolación que requiere. Otra de esas muestras de que, pese a mi rechazo, salieron cosas buenas de la Nouvelle Vague, especialmente gracias a Truffaut y Louis Malle.

16.- Jean Luc Godard – El desprecio (Le mépris, 1963): Una joven pareja interpretada por Michel Piccoli y una preciosa Brigitte Bardot viven muy enamorados hasta que él, autor de teatro, acepta la oferta de un productor norteamericano para escribir unas escenas para una adaptación de La Odisea que el maestro Fritz Lang está rodando en Italia. La belleza de la esposa, las dudas de él, la prepotencia del productor, la conformidad del maestro, todos los ingredientes se ponen al servicio de un análisis, más o menos normal siendo Godard, sobre las relaciones y la comunicación entre la pareja. Las constantes dudas de Piccoli sobre si acepta el trabajo por la necesidad del dinero o si se está vendiendo, el doble juego moral de Bardot al sentirse utilizada por su marido, la supuesta superioridad que quiere demostrar constantemente el productor y la genial interpretación que hace Fritz Lang de sí mismo, hastiado y cansado de tener que soportar todo eso para poder llevar a término el proyecto a pesar de ser uno de los más grandes maestros de la historia del cine. Una de las pocas veces en que Godard se centra más en lo que quiere contar que en cómo lo quiere contar o en sí mismo y, por lo menos para un servidor, se agradece muchísimo.

17.- Jean Pierre Melville – Hasta el último aliento (Le deuxièrne soufflé, 1966): Los años 60 en el cine francés son sinónimo de cine negro y de grandes películas de Jean-Pierre Melville. Tras su trilogía con Jean-Paul Belmondo se inicia con “Hasta el último aliento” su magnificación del género polar. Inicia igualmente su relación profesional con una de las caras definitivas de la variedad gala del thriller policíaco, el gran Lino Ventura, a la vez que se despide de su deslumbrante luminosidad con el blanco y negro. El resultado es notable, con una trama que arranca con la fuga de un conocido hampón que quiere restaurarse a la vez que necesita un último golpe para conseguir el dinero necesario para desaparecer y comenzar una nueva vida. La lucha de Gu (Lino Ventura) contra todo lo que se pone por delante para intentar lograr su objetivo y su tour de force con Paul Meurisse, que está espectacular, es de matrícula de honor. Quizás no sea la obra que primero nos venga a la cabeza cuando hablamos del cine de Melville pero, sin duda también, estamos ante una gran muestra del talento de uno de los creadores más importantes del cine galo.

18.- Henri Verneuil – El clan de los sicilianos (Le clan des siciliens, 1969): A medio camino entre el polar francés y el thriller policíaco clásico, Verneuil, amparándose en un guión del especialista José Giovanni, Pierre Pelegri y él mismo, reúne a tres grandes actores franceses como Gabin, Ventura y Delon en la misma película, lo cual ya tiene su mérito. Intriga criminal que, por un lado es muy entretenida, con una liosa trama para robar unas valiosísimas joyas, pero por otro lado envejece fatal por la chirriante estética de la época, la mezcla de colores chillones, música de spaguetti western en una peli de mafia, el uso a veces excesivo del zoom y esos pequeños detalles que le bajan un poco la nota, pero muy disfrutable. El trío protagonista está genial, especialmente las visitas de Lino Ventura a Jean Gabin, los dos veteranos que dan cancha al joven talentoso Delon que llega para comerse el mundo.

19.- Jean-Pierre Melville – Círculo rojo (Le cercle rouge, 1970): Polar francés de la mano del maestro Melville con Delon, Bourvil, Volonté y Montand al frente. Nada malo podía salir de ahí y por ello nos topamos con uno de los iconos del género. Un preso al que liberan (Delon), otro que se escapa (Volonté) del policía que lo custodia (Bourvil), y ambos se alían con un tercero (Montand) para perpetrar un último gran golpe que les permita retirarse y desaparecer, pero la caza ya ha empezado y el policía que los persigue es paciente y persistente. Trepidante thriller rodado al particular ritmo de Melville, donde una mirada de Delon vale más que un diálogo vertiginoso de mil palabras. El personaje de Alain Delon podría considerarse una extensión del que ya interpretó en “El silencio de un hombre” (1967), también bajo las órdenes de Melville, frío, duro, silencioso, perfeccionista, taciturno, impasible, pero con las ideas muy claras de lo que hay que hacer. Nunca una etiqueta le vino mejor a un tipo de cine: polar.

20.-.- Claude Chabrol – El carnicero (Le boucher, 1970): La directora de un pequeño pueblo galo entabla relación con el tímido carnicero de la localidad. La región está siendo asediada por una serie de asesinatos que tienen a la población en ascuas, mientras Helene, vivaz y mojigata traba amistad más cercana con Popaul, que tiene una vida atormentada por las constantes pesadillas y trágicos recuerdos de su paso por la guerra. Claude Chabrol depura su estilo en este constante cierre de la circunferencia, estableciendo un papel tan importante al matiz psicológico como al puramente criminal.

21.- Pierre Granier Deferre – El gato (Le chat, 1971): Un matrimonio adulto totalmente alejados el uno del otro por el aburrimiento de la cotidianeidad y la falta de conversación concentran su relación en torno a la mascota familiar, un gato callejero que el marido acogió hace tiempo. El marido, encarnado por Jean Gabin, centra todo su cariño y atención en el gato. Por su lado, la esposa, maravillosamente interpretada por Simone Signoret, centra todo su odio y culpa del distanciamiento de su marido precisamente al gato. Todo ello provoca una tensión continua entre la pareja cuya relación se va destruyendo al mismo paso que el resto del barrio en el que viven que, a golpes de maza y maquinaria pesada, van derruyendo todos los edificios del vecindario.

Tanto Gabin como Signoret ganaron el Oso de Plata de Berlín a la mejor interpretación (masculina y femenina). El primero dando vida a la indiferencia personificada, con esas manos metidas en los bolsillos durante gran parte del film y los ojos medio caídos. Simone, por su parte, representa la pérdida de la esperanza, el resentimiento, la ira, la frustración por su minusvalía que estima como parte de la culpa de ese menoscabo mutuo. Una película que pocas veces aparece nombrada entre las mejores de la filmografía francesa, pero que para mi merece un lugar en las enciclopedias fílmicas, aunque solo sea por ese duelo interpretativo entre dos de los iconos más grandes del séptimo arte galo.

22.- Claude Chabrol – Al anochecer (Juste avanti la Nuit, 1971): Un ejecutivo acomodado, casado, con hijos, una vida construida y sin problemas, pero Chabrol es fan absoluto de Alfred Hitchcock y, nada más comenzar la película, mata a su amante, que para más inri es la mujer de su mejor amigo, en uno de sus encuentros sadomasoquistas. Las cartas están sobre la mesa nada más empezar el metraje y aquí es dónde comienza lo que realmente le interesa a Claude Chabrol, la psicología de los personajes, en este caso concreto, la culpa, la traición, la infidelidad, la amistad, especialmente cuando su esposa parece no querer darle importancia al asunto, pese a la gravedad del mismo. Brillante el pulso firme con el que Chabrol lleva a sus protagonistas al límite durante todo el film.

23.- Jose Giovanni – Dos hombres en la ciudad (Deux hommes dans la ville, 1973): Una de esas obras que el gran público mundial no suele recordar, pero que debería estar en todas las cinematecas. Giovanni fue un tipo con un pasado muy oscuro que, incluso fue condenado a muerte, pero le conmutaron la pena por 20 años de prisión, y al salir plasmó su experiencia en varias novelas, luego se convirtió en guionista (del gran Melville entre otros) para acabar como director de thrillers negros, siempre relacionados con el crimen organizado. “Dos hombres en la ciudad” podría ser su trabajo más completo, con una dupla protagonista que suponen un puñetazo al sistema carcelario y un gancho al judicial. Alain Delon ha cumplido con su condena y trata de volver a llevar una vida normal con la ayuda de Jean Gabin, un educador que conoció en prisión, pero la continua presión que la policía y la justicia ejercen sobre él, así como las constantes visitas de sus antiguos compinches para volver al mal camino terminan por hacerle explotar. Un Gabin muy contenido y un Delon capaz de evolucionar con su personaje de forma perfecta, nos llevan de la mano hacia un alegato durísimo contra la pena de muerte y contra la justicia francesa.

24.- Francois Truffaut – El último metro (Le dernier métro, 1980): Tras La noche americana y su homenaje al cine, Truffaut nos presenta ahora su respetuoso obsequio al mundo teatral. Nos traslada a París, durante la ocupación alemana en la IIGM, cuando una actriz francesa se hace cargo de regentar un teatro que dirigía su esposo, pero que por su condición de judío hizo creer a todo el mundo que había huido cuando realmente se escondía en el sótano, desde donde repasaba los ensayos y daba las indicaciones oportunas para corregir la obra elegida. Aquí el director no pasa de mera comparsa, para dar una imagen de credibilidad ante los nazis y, especialmente ante los propios compatriotas colaboracionistas, ya que el verdadero director se esconde entre las sombras. Catherine Deneuve y Gérard Depardieu toman las riendas de triplicar su amor como pareja, su amor hacia el teatro y su amor hacia la libertad. Sin llegar a ser un film político sí podríamos considerarlo uno de los pocos puñetazos de Truffaut hacia el colaboracionismo francés ante la invasión nazi durante la IIGM, utilizando al teatro en particular y a la cultura en general como medio de búsqueda y defensa de la libertad que las guerras y los totalitarismos niegan.

25.- Jean Jacques Annaud – En busca del fuego (Guerre du feu, 1981): Ambientado en la Prehistoria, bien podríamos decir que estamos ante el resumen de la humanidad. Un grupo de “Homo sapiens” tienen fuego, conservado en una especie de cápsula de madera, para mantenerles calientes, cocinar, etc… hasta que son atacados por otro grupo de “Neandertales”, más grandes y brutos, que se lo arrebatan, dejándolos sin calor, sin sustento, sin comida. Envían a un trío de los más fuertes y jóvenes para buscar el fuego y volver a traerlo al resto de la tribu. Annaud aprovecha los parajes naturales para llevarnos de la mano sobre la historia del hombre, su lucha por el poder, sus alianzas, su necesidad de dominar los recursos naturales, mediante una aventura de 3 homínidos que ni siquiera sabían reír. Hermosa y preciosa cinta de un director en estado de gracia, con momentos casi documentales, nulo diálogo, más allá de algún que otro gruñido y unas pocas señas, pero una gran mimetización de los actores con sus personajes, aprovechando al 100% el poder de la fotografía y la música para ambientar la narración.

26.- Claude Miller – Arresto preventivo (Garde à vue, 1981): Basada en una novela de John Wainwright nos topamos con un doble duelo interpretativo, al servicio de una investigación por asesinato y violación de unas niñas, durante la noche del 31 de diciembre. Como si de una obra teatral se tratara, el 80 o 90% se desarrolla en el mismo escenario y con los mismos actores. La trama principal se centra entre Lino Ventura (comisario de policía) y Michel Serrault (respetado notario) donde disfrutamos de un cara a cara genial entre ambos. La inteligencia de Ventura va llevando a Serrault de la ironía y sarcasmo iniciales a la impotencia y desesperación. Entre medias aparece el personaje de Romy Schneider que inunda de tristeza la pantalla, dándole un contrapunto oscuro y  angustioso al comportamiento evasivo de su marido. Crítica dura a la burguesía acomodada donde la pareja protagonista se come la pantalla. Hace unos cuantos años se hizo un remake con Gene Hackman y Morgan Freeman con resultados bastante más inciertos.

27.- Bertrand Tavernier – 1280 almas (Coup de torchon, 1981): Una de las menos consideradas obras de Tavernier que a mi, particularmente, me parece genial. Dotada de un humor negro como el carbón y ambientada en las colonias francesas en África justo antes del inicio de la 2ª Guerra Mundial, donde el jefe de policía pasa por ser un don nadie al que no se toman en serio hasta que un día decide cambiar la baraja sin que se entere nadie. Gran trabajo de todos los actores y un muy buen guión del propio Tavernier y Jean Aurenche sobre la famosa novela de Jim Thompson. Aprovechándose de una joven Isabelle Huppert y de una madura Stéphane Audran (quién no las recuerda en las obras del gran Claude Chabrol), y dándole el mando absoluto a un sobresaliente Phillipe Noiret, dirigiéndonos con una sempiterna sonrisa a través de una terrible drama. Infravaloradísima a mi entender.

28.- Andrew Wajda – Danton (Danton, 1982): Recreación de los últimos días de Danton y de la lucha que este tuvo contra el Comité de Salud Pública y, especialmente, contra su anterior compinche Robespierre, que había impuesto el imperio del terror, con juicios rápidos y ejecuciones sucesivas en honor de la supuesta libertad de la República Francesa que defendían. Pero las continuas dudas de Robespierre por la popularidad de Danton y su defensa de la justicia y la democracia popular le hacen enfermar y perder el favor de la cámara y el pueblo. Los discursos de Danton en el juicio pueden pecar de populistas, pero también hay que recordar que Wajda es polaco y las similitudes de la lucha del sindicato Solidaridad de Lech Walesa en su país de origen podrían servir de excusa para centrar la acción del film. La época, fotografía, ambientación, guión e interpretaciones están al nivel exigido, pero esa imagen de Robespierre enfermo, sudoroso y cetrino son difíciles de olvidar.

29.- Claude Berri – El manantial de las colinas (Jean de Florette, 1986): La avaricia hecha cine. 1ª parte de la adaptación que Claude Berri hizo de la obra de Marcel Pagnol, donde un terrateniente (Yves Montand) va socavando la poco cultivada mente de su sobrino Ugolin (Daniel Auteuil) para, a base de engaños y trampas, acabar por conseguir las tierras lindantes con su terreno, donde el nuevo heredero (Gerard Depardieu) ha llegado con su mujer e hija para intentar sacarla adelante sin saber que dispone de un manantial en sus tierras (el agua es imprescindible para lograrlo). Berri despliega sus dotes de gran director de actores, donde todos están a un nivel espectacular, destacando igualmente la gran adaptación del guión y la maravillosa fotografía de Bruno Nuytten, consiguiendo que los parajes de la Provenza sean un personaje más de la historia. La aparente sencillez esconde un gran drama rural de emociones y sentimientos que deviene en tragedia clásica apoyada en unos actores de primer nivel.

30.- Claude Berri – La venganza de Manon (Manon des sources, 1986): 2ª parte de “El manantial de las colinas” que continúa el relato unos años después, cuando Le Papet y Ugolin ya han explotado las nuevas tierras tras destapar el manantial y están ganando un buen dinero por ello. Pero Manon sabe lo que pasó y campa medio salvaje cuidando de un rebaño de cabras. Se cierra el círculo con la culminación de esta especie de tragedia griega en el medio rural francés, con una fotografía tan maravillosa como en la 1ª parte y la aparición de un preciosa y jovencísima Emmanuelle Bêart. Quizás no sea tan redonda como “El manantial de las colinas”, pero sí supone un perfecto binomio para adaptar una obra tan compleja y completa como “Jean de Florette”, donde la codicia y la avaricia del ser humano no tiene precio. Daniel Auteuil termina de componer un personaje complicado y perfectamente detallado.

31.- Bertrand Tavernier – Alrededor de la medianoche (‘Round midnight, 1986): Tavernier utiliza, cuando un gran músico americano de jazz en horas bajas emigra a París a finales de los años 50 para trabajar en el club Blue Note, para homenajear a la música y a los músicos basándose en la relación que establecieron en la vida real el pianista Bud Powell y el saxofonista Lester Young. El amor con que el director francés filma las escenas, tanto las brillantes piezas musicales en el club parisino como las relaciones personales que establece Dale Turner con los que le rodean, especialmente con Francis  Borler y su familia, demuestran el respeto y la admiración que consigue transmitirnos. La narración de la historia pretende y consigue ser emotiva, y la banda sonora es absolutamente magistral, siendo el afamado Herbie Hancock el elegido para llevar a cabo la música que consiguió el óscar por dicho apartado. Le sumamos la gran interpretación de otro de los grandes del jazz como Dexter Gordon en el papel de Dale (por el que fue nominado al óscar) y la compañía del joven y brillante actor francés François Cluzet como Francis Borler y nos encontramos ante uno de los mejores y más conmovedores cumplidos a una de las músicas más libres y expresivamente artísticas del siglo XX.

32.- Louis Malle – Adiós muchachos (Au Renoir les enfants, 1987): Durante la ocupación nazi de Francia, un grupo de niños reflejan la amistad, el sufrimiento, la angustia, el congojo o la fidelidad que se va desarrollando entre ellos mientras el país se juega la vida. El centro educativo, católico, acoge subrepticiamente a niños judíos que son perseguidos por la policía colaboracionista y el ejército nazi. Louis Malle vuelve a demostrar que su talento y su credibilidad cinematográfica están por encima de cualquier duda y, tanto su dirección como su guión original (supuestamente basado en recuerdos biográficos) ponen sobre la mesa la magnífica puesta en escena y el excelente pulso narrativo de una historia tan dura como tierna, tan complicada como preciosa. Ganó muchos premios y tuvo un reconocimiento, tanto a nivel nacional como internacional, que deja a las claras la sincera sensibilidad de un maestro de su talla.

33.- Regis Wargnier – Indochina (Indochine, 1992): Dramón romántico que conjuga la pérdida del amor y de la familia por parte de Eliane (Catherine Deneuve) con la caída del imperialismo francés y el alzamiento del Partido Comunista que provoca la revuelta que deviene en el nacimiento de Vietnam. Su inicio es algo lento, con una sempiterna voz en off que va contando la historia de Eliane en su amada Indochina, donde es dueña de una plantación de caucho y madre adoptiva de una niña que perdió a sus padres de niña. Eliane es dura, fuerte, poderosa y bien relacionada, pero sin amor, hasta que un día se cruza con un oficial del ejército francés y se enamora perdidamente. Su hija, que ya ha crecido, también se enamora de él, hasta esos límites que un primer amor es capaz de conducir. Cuando se entera Eliane utiliza sus contactos para alejar al oficial e intentar que su hija cumpla el compromiso nupcial que sus padres verdaderos tenían pactado, pero todo se complica y, al igual que la historia de la colonia francesa, la vida de la joven dará mil vuelcos mientras estalla la revolución. Wargnier nos muestra aspectos de la crueldad de las colonias (la escena del tráfico de esclavos es escalofriante) a la vez que elige los enclaves perfectos para entender el amor de Eliane por su tierra. Los paisajes son maravillosos y la fotografía genial, apoyándose en la interpretación de Catherine Deneuve que sustenta el peso de todo la filmación sobre sus hombros.

34.- Luc Besson – León, el profesional (Léon, 1994): Esta película es una rara avis entre la filmografía de Luc Besson, un director al que no soporto, artificioso y efectista en la mayoría de las ocasiones, pero que aquí consiguió entrometer tantos recovecos  elegantes y fascinantes que consiguen aplacar la desquiciante actuación de Gary Oldman o la casi imposible supervivencia de un ser humano como el que interpreta Jean Reno. La química entre los dos protagonistas es tan brutal, tan deliciosamente extravagante, tan exquisitamente amoral, tan interpretativamente contradictoria que te conquista. Para comprender la historia al 100% quizás debamos retroceder a 1990, cuando Besson estrenó “Nikita”, donde Jean Reno interpretó a un limpiador silencioso y puntilloso que podría ser el antecedente de León, este tipo solitario, pragmático, que no se relaciona con nadie y se limita a cumplir con su trabajo hasta que se cruza en su camino esa cría de 12 años llamada Mathilda que dio el primer paso para convertir a Natalie Portman en la estrella que es hoy en día.

35.- Claude Chabrol – La ceremonia (La cérémonie, 1995): Drama que centra la acción en la vida de 3 mujeres bien diferentes. Jacqueline Bisset es una mujer acomodada, que vive en una gran casa con su familia, en su problemática burguesa. Isabelle Huppert entra a trabajar en esa casa como sirvienta. Es callada y trabajadora, pero con un punto misterioso. Y Sandrine Bonnaire es la empleada de correos, cotilla e inconformista, escondiendo su culpa ante la falta de educación y oportunidades en el pasado. Sandrine e Isabelle se hacen amigas y el constante martilleo va creciendo en la cabeza de la protagonista. Una película que supone el culmen de la 3ª etapa cinematográfica de Chabrol, donde las mujeres y, especialmente Isabelle Huppert, toman el poder y el protagonismo de la acción.

36.- Jacques Doillon – Ponette (Ponette, 1996): Es irregular en su planteamiento y en el desarrollo de un guión presupuestamente escrito sobre la base del diálogo que establecen los niños sobre la muerte y la forma en que la encaran cuando les golpea directamente o a través de alguien conocido. Sin embargo, es todo irrelevante, nos trae absolutamente sin cuidado porque, a nivel general es bastante irreal que una niña de 4 años reaccione como lo hace Ponette en el film, pero la interpretación de Victoire Thivisol es tan real, directa, creíble y estremecedora que te mantiene pegado a la pantalla durante la hora y media que dura la proyección. Deberíamos preguntarnos si una niña tan pequeña es capaz de interpretar lo que el director le está mandando o simplemente lo asumimos como cierto y lo transmite al momento del rodaje. Sea lo que sea, su rol fue premiado con la Copa Volpi a la mejor actriz del Festival de Venecia de 1996 y su rostro y su desamparo e incomprensión nos acompañará durante mucho tiempo.

37.- Francis Veber – La cena de los idiotas (Le dîner de cons, 1998): Una película sencilla, sin pretensiones que, casi sin darnos cuenta, se convirtió en el gran éxito cómico del año. El boca a boca la convirtió en un triunfo rotundo y es que, cuando te topas con un actor como Jacques Villeret, bordando el personaje, sacando carcajadas sin parar de todos los presentes, es que ese arte tan dificultoso como es la comedia ha llegado a buen puerto. Un grupo de amigos se reúnen todos los miércoles llevando consigo a un idiota, pero esta semana es especial porque Pierre ha encontrado a un auténtico campeón del mundo. Cuando además de idiota eres gafe no tienes más que esperar porque los gags vienen solos. Descacharrante.

38.- Bertrand Tavernier – Hoy empieza todo (Ça commence aujourd’hui, 1999): Bertrand Tavernier coge las miserias de una pequeña ciudad minera del norte de Francia, invadida por el paro, la desesperación, la falta de recursos y la rendición, para mostrarnos crudamente, tal cual, sin maniqueísmos ni melodramas innecesarios, la realidad del sistema público de educación en un país que se supone que está en el primer nivel mundial. Daniel, director de una guardería pública lucha contra la falta de atención de los poderes públicos, contra la bajada de brazos de los padres ante la falta de recursos económicos básicos, contra los problemas sociales del barrio, contra todo lo que se le pone por delante para intentar darles una oportunidad a cada uno de los niños que asisten a sus clases. Las desdichas y tragedias diarias se suceden, pero sin hurgar en la herida, sin regodearse en el drama, tan solo nos muestra esa parte del mundo que tenemos al girar la esquina de nuestra propia casa que, pese a que las políticas generalistas tratan de esconder, existe y cada vez más. Sin censura y sin moralina, un puñetazo en la garganta que nos hace pensar, ese tipo de cine que no llena salas ni gana millones de dólares, pero que hace que el cine sea el Séptimo Arte.

39.- Jean Becker – La fortuna de vivir (Les enfants du Marais, 1999): A medio camino entre la comedia y el drama costumbrista, pero con el sentimiento a flor de piel y un elenco de actores en estado de gracia. Sin pretensiones, con una sencillez y una maestría en la dirección de actores que te mantiene con una medio sonrisa durante las casi dos horas que dura. Bastante agridulce en el fondo, pero gritando tan fuerte por la libertad que no tienes más remedio que unirte a ese canto por el mes de mayo de la pareja protagonista. La Francia de los años 30 antes de la IIGM, donde la “buena gente”, como dice Gamblin en la película, se ayudaban unos a otros para salir adelante. Gratísima e inesperada sorpresa con un póker de actores protagonistas absolutamente maravillosos: Jacques Gamblin, Jacques Villeret, André Dussolier y Michel Serrault.

Suena Louis Armstrong a orillas del pantano mientras cuatro amigos disfrutan de su amistad, nada tan sencillo y tan complicado como eso.

40.- Mathieu Kassovitz – Los ríos de color púrpura (Les rivières pourpres, 2000): Un thriller americano, al estilo “Seven”, pero hecho en Francia. Lo más destacable es que, pese a esa clara influencia de David Fincher y sus coetáneos, Kassovitz consigue que las tramas criminales sean realmente intrigantes e interesantes, juntando a dos grandes del cine galo como son Jean Reno y Vincent Cassel. Tuvo mucho éxito y se rodó una segunda parte, bastante inferior a esta. La crítica especializada no le tiene especial afecto por su descarada americanización, pero la crudeza y frialdad que es capaz de trasladar y su bien llevada trama bien merece que le des un vistazo.

by: Eduardo Garrido

by: Eduardo Garrido

Roquero, cinéfilo, lector empedernido que estudió Derecho para trabajar en una biblioteca y disponer de pelis, discos y libros a mano

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