O mejor dicho: el que más me gusta. Nebraska es triste como una ruptura, sombrío como el fracaso y estremecedor como las historia de perdedor. Sé que discos tristes en el rock los hay a patadas, pero también es bien sabido que Bruce tiene una capacidad natural para empatizar con su voz y acento al recitar igualada por pocos. Al escuchar Nebraska no me afloran las lágrimas como me ocurren con “Downbound Train”; lo de Nebraska es diferente. Cada vez que escucho este álbum como se merece, al 100% de atención, se establece entre nosotros una relación íntima que dura hasta el final. Me llega directo, con calma, claro. Entiendo a los protagonistas como si me contasen su historia mirándome a los ojos.
Gente más válida que yo ya ha contado la historia de este álbum, pero por contextualizar, resumo: tras encerrarse en casa para componerlos temas de la continuación de The River, las cuales grabó en una cuatro pistas, en crudo, con armónica, guitarra y poco más, hizo lo propio junto a la E Street en estudio. Poco convencido con el resultado, lo manda al carajo y se queda con diez de las grabaciones originales de casa. Nebraska, un disco de rock que, sin los elementos típicos, parece folk. Un disco de rock pelado. Demos. Y qué demos…
Al contrario que sus anteriores y definitorios álbumes, este Nebraska no es apropiado para viajes en coche, a no ser que huyas en busca de lágrimas compasivas. Si acaso, en “Open All Night” se puede encontrar al Bruce rockero de siempre, rítmico y acelerado, un tema que casi no encaja en el álbum. Nebraska está hecho de puro feeling, de interpretaciones sinceras. Un altavoz-a-oreja entre Bruce y el oyente, sin broza de estudio, alejado de parafernalia. Un sonido muy acústico. Canciones desplumadas hasta el hueso.
Escuchar temas como “My Father’s House”, “Highway Patrolman”, o “Mansion On The Hill” me supone lo más cerca que estaré de un concierto privado del Boss en mi salón. Todo en este disco suena cercano, extremadamente honesto. Bruce canta íntimo, suave, apurando cada fundido a silencio. Recita desdicha y nostalgia, y la ausencia de numerosas capas de instrumentación significa un canal perfecto para la comunicación con el oyente. Eso, sumado a su facilidad para el vínculo emocional y talento compositivo, hicieron Nebraska.
Cualquiera de sus álbumes míticos me da energía a golpe de guitarrazo y garganta rota, letras evocadoras llenas de esperanza y estribillos gloriosos. Con Nebraska las sensaciones son igual de potentes, pero dirigidas hacia adentro. Ocurre que cuando suena “Atlantic City”, lo demás da igual.



