EL HILO INVISIBLE – Paul Thomas Anderson

Publicado el 21/02/2018 | por José Luis Díez | Cine
Valoración
62

Al acabar “El hilo invisible” tuvimos las mismas sensaciones que al ver en su día “Pozos de ambición”; cinta interesante de menos a más que tarda en arrancar para ofrecer un tramo final destacado y magnífico. Puro cine. Y es precisamente esa irregularidad la característica principal de Paul Thomas Anderson, un realizador al que no se le puede negar un evidente talento y algunas soluciones cinematográficas espectaculares pero que en múltiples ocasiones se pierde en circunloquios innecesarios, tramas demasiado largas y un manierismo mezclado con algo de postmodernismo en su puesta en escena que puede acabar resultando irritante.

“El hilo invisible” es puro P.T. Anderson, con uno de esos personajes obsesionados con su trabajo, un ser genial pero con evidentes problemas psíquicos y odio a sus semejantes. Un visionario que supedita su propia felicidad reafirmando su carácter en lo que crea. Gente que retrata a la perfección Anderson, como los pioneros del porno en “Boogie nights”, unos cuantos de los personajes de “Magnolia”, el buscador de petróleo en “Pozos de ambición” o el líder religioso de “The master”. Tipos excesivos, solitarios, egocéntricos y con una visión casi redentora de sus obras que vuelcan el tormento interior que sufren en sus respectivos trabajos. Películas enfocadas a retratar la psicología de esos atribularios seres y que como es normal, el protagonista destaca sobre el resto del plantel. Para ello ha encontrado la “horma de su zapato” en Daniel Day Lewis, también en Joachim Phoenix, actores de carácter que preparan casi con tanta minuciosidad al personaje que consiguen una interpretación perfecta. Day Lewis tiene en su poder tres Oscar de Hollywood (“Mi pie izquierdo”, “Pozos de ambición” y “Lincoln”) y no estamos hablando del favorito para el cuarto por la caracterización de Gary Oldman en “El instante más oscuro” (http://rockthebestmusic.com/2018/02/el-instante-mas-oscuro-joe-wright.html), aunque esta nos parezca mucho más compleja y más complicada de sacar adelante. No en vano, visto lo que le cuesta meterse en la piel de sus creaciones, Daniel Day Lewis ha decidido retirarse del cine de manera indefinida.

En esta ocasión se convierte en un modista londinense cuyos vestidos traspasan fronteras, vistiendo tanto a las más ricas mujeres inglesas, princesas o aristócratas europeas. Un hombre que eleva su campo casi al arte, decidiendo como un demiurgo quien es digna de llevar sus prendas, como se puede ver en una secuencia que es reveladora del elevado concepto que tiene el tan Reynolds Woodcock de sus colecciones y donde obliga a una mujer a que le devuelva un vestido visto el impresentable comportamiento de la mujer en un acto público. Todo ese don queda matizado por su vida privada, sometido al fantasma de su madre muerta (de ahí el título original “Phantom thread”) y su controladora hermana con la que regenta el taller donde solo trabajan mujeres. La llegada de una amante, obnuvilada por tan arrolladora personalidad y luego desplazada e ignorada entre los muros de la casa empiezan a desencadenar lo peor del carácter del sastre, mientras la joven pergeña un plan que consiga merecer tanta atención ella como su trabajo. Intentaremos no desvelar mucho más del argumento, ya que el guion del propio Anderson va avanzando y haciendo que la pareja vaya evolucionando su personalidad, con un último acto grandioso y con momentos anteriores maravillosos como el antes referido con la mujer borracha, la conversación entre Alma y la princesa belga o el cortejo de Reynols a Alma. El problema es que dentro de las dos horas y diez minutos de metraje, la primera hora tiene demasiados altibajos y en unos cuantos pasajes resulta plúmbea, con unos silencios y lugares comunes que no ofrecen nada, salvo aburrimiento, ya que reincide de forma abusiva sin plantear nuevas aristas al carácter del protagonista y que parece que solo es un momento para el lucimiento como actor de Daniel Day Lewis, un torbellino ante el que Vickie Krieps y Leslie Manville quedan eclipsadas a pesar de su correcta interpretación, como sucede con la fotografía, el vestuario o la desconcertante banda sonora de Jonny Greenwood, donde mezcla el piano o el cuarteto de cuerda, con música contemporánea y la orquesta con melodía más clásica. Las cosas de Paul Thomas Anderson, con sus puestas en escena tan desconcertantes y excesivas como sus largometrajes.

Sobre el autor

Cinéfilo y cinéfago, lector voraz, amante del rock y la ópera y ensayista y documentalista con escaso éxito que intenta exortizar sus demonios interiores en su blog personal su blog el curioso observador

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