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Fuzz, paramecios y tacón cubano: Memoria del garaje 60’s americano

Publicado el 26/06/2016 | por Alfonso Moriche | Especiales, Noticias

La música de garaje no es mala. Cristo nació en un pesebre, lo que probablemente era como un garaje en aquellos tiempos Sky Saxon

La historiografía musical es, por lo general, muy cómoda. Para hacer digerible al gran público todo el batiburrillo de fechas, nombres, cosas y casos a diseccionar se vale de ardides. Elipsis que simplifican la historia, mostrando un nítido tapiz en el que el declive de un movimiento parece dar paso al auge de su sucesor.

Así, según esta crónica oficial, el rock and roll, en el lustro que va de 1959 a 1964, feneció en los EE.UU. No existía. Se había extinguido, y tuvieron que llegar las hordas británicas, Beatles a la cabeza, para recordarle a los yankees la grandeza del invento para que se pusieran, una vez más, manos a la obra.

Esta visión, sin embargo, obvia deliberadamente la música que se facturó en los states en aquellos años: Desde el auge de la música surf al cajón de sastre del rythm and blues (que en aquel tiempo y lugar era básicamente la denominación que recibía cualquier música hecha por un negro) pasando por el despegue del soul al abrigo de las dos escuderías más pujantes del tinglado, Motown y Stax. Ese fue, de hecho, el caldo de cultivo de buena parte de los protagonistas de éste artículo.

Porque, en efecto, es innegable el ascendiente que los aguerridos combos británicos tuvieron sobre estos bisoños conjuntos norteamericanos, como también lo es el hecho de que muchos de ellos comenzaron a foguearse en grupos de rock instrumental y educaron sus oídos con ráfagas de r&b. Género tendente a lo parasitario, los combos adscritos al mismo fueron esquilmando alegremente a Kinks, Rolling Stones, Chuck Berry u Otis Redding, aliñándolo con escarceos con sonidos coyunturales como la psicodelia, el bubblegum o el folk rock a lo Bob Dylan y rematándolo con un elevado sentido de la inmediatez que resultó en lo que se ha dado en llamar nuggets: Rock and roll anfetamínico, simple, crudo, in glorious mono. Repasemos algunas de sus cimas.

The Trashmen – “Surfin’ Bird” (1963)

Pocas bandas ejemplifican mejor la transición experimentada por aquellos primitivos combos surferos que, como sisu se tratase del resultado de un bizarro experimento de una cinta de serie B de la época, devenían en crudos hacedores, ruidosos y deslavazados. Los de Minnesota aún llevaban sus alforjas cargadas de surf y le seguían poniendo una vela a Dick Dale (“King of The surf”, “Misirlou”, “ Malagueña “) pero es en el tema homónimo donde marcan la diferencia y se sitúan un escalón por encima de otros combos de primera hornada como los Kingsmen o The Wailers: Un eslabón de protopunk espídico (no en vano formaría parte en el futuro del catálogo de Ramones y The Cramps) forjado a partir del asalto al cancionero de los Rivingtons, conjunto menor de doo wop de quienes tomaban prestado (por decirlo finamente) el andamiaje del tema a partir de un par de sus coplas: “The bird’s the word” y “Papa Oom Mow Mow”.

 

The Sonics – “Here are The Sonics!!!” (1965)

thTomándole el pulso al glorioso 1965 nos encontramos con que The Rolling Stones habían firmado el capital “Out of our heads”, The Beatles daban carta de naturaleza al jangle pop en “Rubber Soul” y The Beach Boys seguían inmersos en su fantasía surfer -aunque madurándola- en “Today!”. Un año de cambio, podría decirse, aunque estos fulanos de Tacoma-Washington no parecieron darse por enterados: El pulso primitivo desplegado por los hermanos Parypa y asociados en su debut retrotraía a Little Richard, a la vertiente más negra y sudorosa del primer rock and roll. ¿Cómo pudo encajar un adolescente de la época un disco como éste? Los aullidos de Gerry Roslie, la muralla de sonido deslavazado, las versiones pasadísimas de vueltas (el “Do you love me?” de The Contours a la cabeza), la oscuridad de su imaginario de factura propia, expuesto en la tripleta ganadora del redondo: “The Witch”, “Psycho” y “Strychnine”. Todo sigue sonando amenazante en el día de hoy. Un monumento a la crudeza cuya onda expansiva llega hasta nuestros días.Habría que esperar a The Velvet Underground para encontrar un grado similar de agresión sónica.

 

The Seeds – “The Seeds” (1966)

El autor de la frase que corona este artículo forjó su -obscura, cuasi esotérica- leyenda al frente de los Seeds, combothe angelino que quintaesencia como pocos la vertiente más árida del género: Obsesiva, distorsionada y con un punto de psicodelia, la primera rodaja de los Seeds se antoja fundacional para entender el primer punk americano y su ascendiente en el revival que vivieron estos sonidos allá por la década de los 80’s es fundamental. A pesar de su sobriedad como músicos, eran capaces de trazar un arco en el que cabía el pop entre melancólico y deslavazado de “Can’t Seem to Make You Mine” y la lisergia machacona y proto-punk de “Pushin Too Hard”, aunque en honor a la verdad hay que apuntar que abundaba más lo segundo frente a lo primero.

 

The Remains – The Remains (1966)

rePara el consumidor medio de cultura pop, The Remains fueron los teloneros de los Beatles en la última gira que éstos realizaron por tierras estadounidenses, una mera nota a pie de página para completistas de los de Liverpool. Para el connaiseur, sin embargo, el combo de Boston se revela como uno de los secretos mejor guardados, sino el mejor, del pop sesentero americano: Unos orfebres sobresalientes que, moviéndose en una coordenadas -aparentemente- simples fueron capaces de facturar piezas de acabado mayúsculo como “Don’t Look Back” y “Why Do I Cry?”, disparos beat del calibre de “Time Of Day” o “Diddy Wah Diddy” y momentos en el que conectaban con los sonidos de las islas, caso de “You Got a Hard Time Coming” en la que recuerdan a una suerte de stones barrocos poseídos por los Zombies. Hablando de Jagger y cía, Barry Tashian y asociados se marcaban una relectura del “Mercy Mercy” que podía mirar de tú a tú a la incluida por los anglos en su “Out Of Our Heads”. Sé que se hace uso y abuso del término en estos días, pero podemos hablar de un clásico con todas las letras.

 

The Chocolate Watchband – “No Way Out” (1967)

Cómodamente instalados en la frontera entre el rythm and blues a la inglesa y la psicodelia, los angelinos daban la chimpresión de ser unos stones americanizados y con dos Brian Jones en nómina, el arquetípico grupo de garaje yankee que puso banda sonora a la ciudad, ya lo decía el programa, “where the action is”. En este su primer esfuerzo en largo convivían rodajas ácidas como “Expo 2000” y “No Way Out” con relecturas de Chuck Berry y Wilson Pickett, así como alguna que otra concesión a las sonoridades campestres que empezaban a ganar cuerpo en la galaxia rock a finales de los 60’s (un “Hot Dusty Road”, original de Buffalo Springfield, de regusto rematadamente raunchy) que los confirmaba como poseedores de un acervo sónico que los situaba en una órbita propia.

 

Paul Revere and the Raiders – “Revolution!” (1967)

paAunque parecen haber pasado a formar parte del imaginario popular estadounidense gracias a su peculiar idiosincrasia estética de revolucionarios yankees del XVIII (No, no ayuda tampoco que su status actual sea algo así como el de Los Brincos del s.XXI, trillando el circuito de la nostalgia con cada vez menos miembros originales de los que presumir) lo cierto es que los Raiders eran un combo con una identidad sónica perfectamente definida: La voz de Mark Lindsay casi precedía a los voceras hard rockeros de los 70’s (Escuchen “Mo’Reen” y ya verán, ya) y la banda exudaba groove en todo momento, gravitando entre el rock sesentero con músculo (“Make It With Me”) y el pop nervudo (“Him or Me (What’s It’s Gonna Be?”)), con parada de reglamento en el planeta beatle (“Tighter”) y alguna conexión soulera de relumbrón (“I Had a Dream”, firmada a pachas con, ahí es nada, Isaac Hayes) dando forma a un redondo que, si bien no ha gozado de la vindicación por parte de oleadas garageras posteriores que sí tuvieron los Sonics o The Seeds mantiene intacto sus poderes sónicos.

 

Flamin’ Groovies – “Supersnazz” (1969)

No sé en base a qué oscuro matiz cronológico que se me está escapando, pero el debut del laureado grupo de culto defl San Francisco no suele engrosar estas listas “académicas” dedicadas a glosar lo que dió de sí el garage norteamericano. El porqué, ya digo, se me antoja obtuso: ¿No estamos acaso ante un grupo de los 60’s, deudo de la british invasion y adscrito a la inmediatez del rock and roll? Aunque, quién sabe, a lo mejor fue el primer trabajo de garage revival de la historia: Para cuando salió, ya habían debutado Led Zeppelin, y en el Frisco de la época nuestros héroes eran vistos por sus paisanos (Grateful Dead, Jefferson Airplane…) como unos reaccionarios musicales totalmente demodés, unos fulanos que aún seguían colgados por Eddie Cochran (al que tributan) y Elvis Presley (a quien su voceras, Roy Loney, idolatraba) y eran totalmente impermeables a la psicodelia. En el plano estrictamente musical, alguien definió a los primeros Groovies en una ocasión como lo que hubiese pasado si los stones hubiesen sido un grupo yankee que, en lugar de estar obsesionados con el catálogo de Chess lo hubiesen estado con el de la escudería rockabilly Sun Records. No, no es “Supersnazz” la mejor esquirla de su primera era (“Flamingo” y “Teenage Head” le ganan por mucho) pero funciona como una declaración de intenciones que, revivalistas posteriores como los Fleshtones o The Chesterfield Kings no pudieron eludir.

¿Y qué pasó con todos estos hacedores de sonidos crudos? ¿Qué se hizo de ellos? Una respuesta efectiva sería decir que desaparecieron de la faz de la tierra, sin más. Pero sería pecar de dramáticos: Lo cierto es que mutaron y cambiaron de piel, como sucedía entonces en un panorama en constante cambio, donde el concepto de autenticidad no había hecho mella -afortunadamente-: había muchos trenes que coger (hard rock, folk, bubblegum, glam, progresivo, heavy metal…) y en ese panorama en el que todo envejecía a la velocidad del sonido los grupos de garage comenzaron a parecer terriblemente vetustos.

Pero el espíritu permaneció, agazapado entre sombras, y cuando el rock de los 70’s empezó a flirtear con la sobreactuación, el exceso y la pomposidad aparecieron de rondón, camuflados entre las hordas punk que pululaban por el CBGB, dispuestos a seguir predicando con la palabra. Hablamos de los “son of the nuggets” los herederos del imperio garagero, la saga de Fleshtones, Fuzztones, Cynics y Chesterfield Kings de los que daré cumplida cuenta en la continuación de este artículo. Fuzz-on!

 

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Sobre el autor

Proyecto de bon-vivant fallido. Clásico fuera de onda, amante de la inmediatez en el rock and roll: Garaje, rhythm and blues, soul, surf, punk, glam y... ¡Oh, anatema! Pop conforman mi dieta musical. Vamos a llevarnos bien, ¿no? También se me puede leer en mi blog, Guitarras y fantasía

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