EN EL NOMBRE DEL PADRE: la gran farsa de las instituciones de paz

Publicado el 17/02/2015 | por Alex Palahniuk | Cine
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90

ENEl IRA, tanto por el tiempo que ha estado operativa, como por el objetivo perseguido, ha sido, quizá, el grupo terrorista más antiguo del viejo continente. Unos orígenes que nacen del rencor y de la falta de atención del gobierno británico siempre le dispensó a sus vecinos del norte. Ya durante el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, Inglaterra le estuvo dando largas a Irlanda sobre su independencia, supeditando ésta al término del conflicto bélico; sin embargo, una vez terminado, no cumplieron con lo acordado: acordar un gobierno autónomo para Irlanda, habiendo accedido éstos a la exigencia impuesta desde Londres de que, al menos, seis condados norteños quedasen fuera de la administración del parlamento dublinés. Todo quedó como si nada hubiese sucedido.

El conflicto ha pasado por diferentes fases: en 1925, una vez hecha la partición y delimitarse las fronteras, tratado de por medio, entre Irlanda del Norte e Irlanda, la región del Ulster optó por permanecer del lado inglés, lo cual no fue aceptado por Dublín, acusando a Londres de conspirar para tal efecto. En 1948, finalmente, se funda la República de Irlanda, y el Parlamento británico ratifica la condición del Ulster como territorio británico. En 1955, miembros del IRA llevan a cabo diversos actos terroristas dirigidas a la unificación de las dos Irlandas; en 1968, La Iglesia Católica de Irlanda del Norte lanza una campaña dirigida a conseguir una mejora en las condiciones de vida de los protestantes. Las rebeliones adquirían cada vez más un cariz más violento que explotó en una fecha conocida por todos: 1972 y el Domingo Sangriento, donde el ejército inglés mata a catorce manifestantes en Londonderry, deroga la autonomía que, hasta entonces detentaba Belfast e instala un sistema de gobierno directo para el país. Esta fecha, junto con el anuncio que la banda hizo en 1997 de hacer un alto al fuego, que finalmente no fue refrendado -todos tenemos en mente ese sangriento atentado ocurrido poco después en el que murieron dos españoles al oeste de la capital de Irlanda del Norte-. Sin embargo, en 2005 si cristalizó un acuerdo definitivo para que el IRA abandonase su actividad violenta y apostase por la vía democrática. Calificado como histórico, éste se concretó con la restauración de la autonomía en Irlanda del Norte, donde el Sinn Féin consigue, con la mayoría de los votos, constituirse en un gobierno acorde con una legalidad anhelada y que tanto derramamiento de sangre conllevó. A día de hoy, la actitivdad del Ejército Republicano Irlandés dejó más de mil muertos y trescientos heridos. Aun así, pese a la normalidad aparente que se vive en las Islas Británicas, sólo sacudida por el triunfo de los euroescépticos en las elecciones al Parlamento Europeo del pasado 25 de Mayo y la intención de Escocia de querer ser autónoma del Reino Unido, conviene revisar uno de los sucesos más tristes y que mayor repercusión tuvo a nivel internacional: Los cuatro de Guildford. Episodio histórico que da inicio a la cinta.

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El film nos cuenta la historia de Gerry Conlon, un ladrón de poca monta que se dedica a robar plomo por los tejados de la ciudad de Belfast. Cuando comete uno de sus hurtos, la policía, en una labor de reconocimiento rutinario, le detiene y aquello acaba en una revuelta a raíz de ésta. El IRA, visiblemente irritado ante este hecho, advierte al joven de que, en el caso de repetirse un comportamiento similar, tomará represalias contra él y su familia. Su padre, asustado ante la eventualidad de que su hijo pueda recibir cualquier tipo de daño, decide enviarle a Londres para alejarlo de un mal inminente. Allí Conlon experimentará la libertad, la falta de recato, la osadía, el sexo y el consumo de drogas, convirtiéndose en su Arcadia particular. Sin embargo, ignora que cerca del lugar, la banda terrorista comete un atentado en un pub de Guildford, ocasionando cinco muertos. Cuando regresa a la capital de Irlanda del Norte, es detenido como presunto coautor del delito por su nacionalidad irlandesa y por las declaraciones previas de sus amigos londinenses, detenidos también en relación con el suceso.A partir de allí, empezará su via crucis particular por la parquedad y el represor sistema judicial británico, desprovisto de cualquier tipo de garantía procesal. En virtud de la ley antiterrorista de la época, es condenado a siete días de prisión incomunicada. Cuando su progenitor se entera, viaja hasta Londres para poder ayudar su hijo hasta que es detenido en Inglaterra sólo por el hecho de ser familiar del presunto autor de los hechos. Una vez celebrado un juicio en el que el resultado estaba previsto de antemano, Conlon, su padre y la familia de éste, conocidos como Los siete de Maguire, son declarados como autores del delito cuando ni Gerry ni Giuseppe, su padre, se encontraban en el lugar de los hechos. Allí se les condena a cadena perpetua.

Como es normal, nadie quiere asumir la defensa del caso hasta que una tenaz e idealista abogada, encarnada por una Emma Thompson fantástica de principio a fin, con una dilatada experiencia como letrada y conocedora de la fortaleza del Derecho Penitenciario y Procesal en los casos de terrorismo, decide abordar éste y se convertirá en la defensora de Gerry Conlon y los demás. Conseguirá que el caso se reabra y, a partir de ahí, se librará una ardua lucha para demostrar la inocencia de sus defendidos.

En El Nombre del Padre no es sólo una cinta que hable del problema imperecedero de la independencia de los pueblos, la lucha armada o cómo los sistemas judiciales, lejos de ofrecer garantías procesales pertinentes al reo violan reiteradamente la presunción de inocencia. El film se detiene, sobre todo, en la tortuosa relación entre padre e hijo. El hijo, triste, roto, lleno de ira, cae otra vez en el consumo de drogas, mientras que su padre, entrando ya en la vejez, aquejado de problemas cardiovasculares, encarna la triste resignación del que se sabe ya perdido al mismo tiempo que reflexiona sobre la amargura que apareja ser irlandés en Reino Unido y cómo, desgraciadamente, la justicia se ceba siempre con los mismos.

Encima de todo, el verdadero autor de la matanza en el pub de Guildford, se encuentra en la misma presión que ellos, provocando no sólo la rabia, sino también la tristeza y el aturdimiento de ambos. En cada instante de la película, se observa la absoluta inoperancia de la policía británica, torturando sistemáticamente a Gerry cada vez que se le interrogaba, violando sistemáticamente ese Convenio de Derechos Humanos de Ginebra de 1948 que los ingleses se apresuraron a firmar y ratificar y a arrogarse como los grandes defensores de los intereses de esa comunidad internacional que llevan ignorando casi desde su creación.

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En el Nombre del Padre es la viva estampa del devenir de los sistemas aparentemente legalistas europeos desde que el terrorismo experimentó una fuerte subida entre las décadas de los años cincuenta y sesenta en Europa. Casi todas las naciones del viejo continente, en aras de la seguridad del Estado, aprobaron leyes que soslayaban principios básicos como el de la irretroactividad penal, la analogía favorable para el reo, la citada presunción de inocencia y, llegando muchos casos a declararse el estado de sitio, derogando así todo el aparato de garantías constitucionales del ciudadano, dando pábulo así a cualquier tipo de medida atentatoria contra los derechos fundamentales de éste. Por no hablar de la supresión ignomiosa del habeas corpus y la nula información que tenían los ciudadanos de ser informado sobre las garantías de su detención.

Famosos fueron en España los casos de Salvador Puig Antich, anarquista barcelonés condenado a garrote vil por la muerte de un subinspector de la Brigada Político Social en tiempos del general Francisco Franco. Un proceso penoso, que contó con todas las arbitrariedades posibles y donde fue ignorado por todos los sindicatos y partidos de izquierda. Europa no fue ajena al luctuoso suceso: las protestas de ramificaron por todo el continente, e incluso el Vaticano y el canciller alemán Willy Brandt pidieron su indulto. El gobierno de Paca ‘la Culona’ ni se inmutó lo más mínimo ya que Puig Antich fue ejecutado en marzo de 1974.

Ateniéndonos al caso de Gerry Conlon, se consiguió reabrir el caso y se demostró su inocencia y cómo altas instancias del Gobierno estuvieron implicadas en el asunto. Lo importante no era buscar el culpable, sino uno que sirviese de cabeza de turco. Gerry Conlon, quien pasó quince años en prisión por un delito que nunca cometió, finalmente el Tribunal de Apelación, en base a unos informes policiales, anuló la sentencia en 1989. Tony Blair pediría perdón en 2005 por el suceso y el dolor causado injustamente a los condenados. Así culminaba uno de los procesos más mediáticos de la historia del siglo XX europeo y la constatación de que no hace falta irse a un país subdesarrollado para que todos los desafueros se hagan realidad. Desgraciadamente, el terrorismo de estado no ha desaparecido del todo. Famosas han sido en Europa las movilizaciones por el Caso Lasa y Zabala, dos jóvenes de apenas dieciocho años, secuestrados por los GAL -Grupos Antiterroristas de Liberación financiados por el Ministerio del Interior durante el gobierno de Felipe González- y asesinados por la Guardia Civil a instancias del general Galindo, el gobernador civil de Guipúzcoa, Julen Elgorriaga y el teniente-coronel Ángel Vaquero.

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El Caso Lasa y Zabala supuso el cenit, quizá de más de medio de siglo de tensiones entre el País Vasco y los sucesivos gobiernos de España. Torturados antes de morir y muertos de tres tiros en la cabeza, se ordenó echarle cal viva a los cuerpos, con el fin de dificultar su identificación. Después fueron enterrados. Posteriormente, en 1985, se encuentran los cadáveres de los dos terroristas, siendo identificados en 1995. El principio de separación de poderes no deja de ser muchas veces un cuento de hadas que proclama una Constitución pero que no ha sido acatado muchas veces; a diario vemos cómo los gobiernos intervienen ‘de facto’ en decisiones judiciales y que en Reino Unido, precisamente, se convirtió en una norma habitual, como demostró el caso de Los Seis de Birmingham, condenados a cadena perpetua en 1975 por un infame montaje judicial que quiso incriminarlos en un atentado que guardaba muchas similitudes con que el que se le quiso atribuir.

La necedad de los estados, concretados en medida deste tipo, probaban hasta qué punto los Derechos Humanos, que con excesivo boato, fueron invocados en los Juicios de Nuremberg y Tokio y cristalizaron en la Carta de Naciones Unidas, eran sólo una quimera y un salvoconducto al interés político en materia interna. Lo mismo sucede en política externa con Naciones Unidas o la OTAN: organismos cuya inoperancia ha sido probada no sólo en procesos penales, sino también en ‘misiones de paz’ tardías que no impidieron, por ejemplo, que las Guerras de Ruanda y Bosnia, en ese rosario de barbaridades y de violaciones varias que fue Yugoslavia fueran, quizá, los mayores genocidios cometidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. No se dieron, sin embargo, poca prisa, precisamente, para que el principio de seguridad colectiva que la Carta actuase con la diligencia debida en Kuwait; pero claro, ahí los intereses eran otros. La gran farsa de las instituciones de paz han sido, son y serán, el gran fracaso de la segunda mitad del siglo XX; y tampoco hay muchas esperanzas en que el sistema cambie porque todos, a fin de cuentas, se benefician de él.

Sobre el autor

Veinticuatro años. Estudiante de Derecho, amante de la música, la literatura, el ensayo y apasionado de la escritura.

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